El mar en la plástica: Jan Vermeer (1632-1675)

En 1632, cuando el joven Rembrandt viajó a Amsterdam, para pintar allí el retrato de un famoso galeno —retrato luego conocido por La lección de anatomía del profesor Tulp—, nacía en la vecina Delft un niño que con el tiempo habría de figurar entre los grandes maestros del arte holandés: Jan Vermeer. En Delft, ciudad aún famosa por sus porcelanas, surgió a la vida, se crió, vivió y murió este artista cuya biografía carece del dramatismo de la Rembrandt, y la alegría y el gusto de vivir del sonriente Hals.

Durante toda su existencia pintó tres paisajes, dos de los cuales registra la posteridad: Una calle de Delft y la famosa Vista de la ciudad de Delft, que alguien llamó “uno de los paisajes más maravillosos que jamás se han pintado”. En esta obra, el artista describe amorosamente a su pueblo: su canal, las puertas rojas, las iglesias con sus torres, las miradas a plazas y calles, las embarcaciones de sus pescadores y gentes que se ganan el sustento porteando pasaje de una a otra orilla, etc. En suma, el artista expresa en esa tela todo el cariño que le suscita su lugar natal; tanto es así que vincula su nombre artístico con su origen: “Jan Vermeer, de Delft”.

De este pintor extraordinario poco se sabe; es decir, tenemos que atenernos en gran parte a lo que sus pinturas nos revelan. Alumno de Karel Fabritius (1622-1654), quien a su vez estudió con Rembrandt y que se estableció en Delft para transmitir sus conocimientos a una serie de pintores locales y otros llegados de otros lugares. Fabritius murió demasiado joven para hacer sobresalir su nombre.

Vermeer cultiva en su obra uno de los rasgos más notables en la plástica holandesa: las escenas de interiores. Parecen bastarle una habitación con paredes casi desnudas y una o dos figuras para representar al universo entero, pero debe a los italianos la rigurosa ciencia de la composición. Es a la distante influencia de Caravaggio a la que debe su arte de realzar los volúmenes por la incidencia de la luz lateral. En su arte no hay dramatismo, sino la intención de hacer visibles todos y cada uno de los detalles...Igualmente su colorido es sobrio: tonos fríos, azul gris perlado, amarillo limón. Pero, qué bien balanceados...

La única obra suya que transmite una atmósfera diversa es La alcahueta, esa joya de la Galería de Dresde: Sentada aparentemente ante un balcón, se halla una muchacha que ha tomado vino y está alegre, y un caballero que le está haciendo una proposición galante; frente a ellos, con un vaso en la mano, está otro caballero —se ha supuesto sea un autorretrato del propio Vermeer—; al fondo, con pícara expresión, la celestina. Esta tela la pintó el artista cuando tendría unos 24 años.

Un comentador no cuenta que cuando Vermeer murió, su viuda, asustada por la inminencia de la ruina, intentó disponer de veintiséis cuadros que se hallaban sin vender en el atelier de su marido. En aquella ocasión, el depositario era Antón van Leeuwenhoek, notable ciudadano de Delft y famoso como inventor del telescopio. Pero ni este distinguido científico y práctico mercader pudo persuadir a los hacedores de que podrían enriquecer a sus descendientes comprando uno de aquellos lienzos por un puñado de florines...

 

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