ALEJANDRO DUMAS, padre (1803-1870)

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El novelista y dramaturgo francés Alejandro Dumas, uno de los narradores más leídos del mundo, nació en Villers-Cotteres el 24 de julio de 1803. Era hijo del general del mismo nombre, originario de Santo Domingo, y nieto del marqués Alejandro Davy de la Pailleterie y una morena dominicana.

Murió el progenitor en 1804, dejando a la viuda y al pequeño en una situación crítica. Pero este  tuvo la suerte de que lo instruyó un clérigo de su lugar natal, quien le enseñó a escribir bien y con buena letra, cualidades que mucho le ayudaron cuando ingresó como pasante de un notario.

En 1823 se estableció en París, donde gracias a la influencia de un amigo de su padre entró de escribiente en la oficina del Duque de Orleans (el futuro rey Luis Felipe).

En 1824 nació Alejandro Dumas, hijo, fruto de sus amores con Marie Catherine Lebay. Su amistad con el sueco Adolfhe de Leuven, con quien colaboró en algunas obras, lo puso en contacto con el arte teatral, pero un éxito propio sería su drama romántico “Henri et sa court”, de 1929, que le ganó la admiración de Víctor Hugo y otros célebres autores de la época, así como un ascenso del Duque de Orleans, quien lo nombró bibliotecario del Palais Royal, su fastuosa residencia.

En 1830 su inquieto carácter lo llevó a mezclarse en la revolución de julio. Un año después estrenaba su drama “Anthony”, otra de sus  piéces de résistance románticas, y en 1832 volvía a la escena con el melodrama “La Tour de Nesle”, que originaría una ruda polémica con Gaillardet, primer autor de esa obra, y un duelo en el que Dumas resultó gravemente herido. Para convalecer, recorrió casi toda Europa tomando notas y en 1833 entregó a las prensas sus “Impresiones de viaje”.

Empezó luego a escribir novelas, y en 1844 dio a conocer una de sus más seductoras narraciones: “El Conde de Montecristo”, cuya paternidad reclamaría en vano Florentin. Ese mismo año se edita “Los tres mosqueteros”, la más popular de sus novelas, cuyo éxito singular lo motiva, en 1845, a publicar “Veinte años después” —continuación de aquella— y adapta ambas a la escena. Su producción novelística  continúa con “El vizconde de Bragelonne”, “El collar de la Reina”, “La reina Margarita”, “La dama de Monsoreau”, entre otras. Algunas de estas obras aparecieron en forma de folletín en el diario parisiense Le Siècle, y luego en La Press y en Le Constitutionnel. Así, llegó a percibir 63 000 francos anuales solamente por esa colaboración en la prensa.

Sus ingresos eran caudalosos, aunque con la misma facilidad se evaporaban  debido a sus gastos increíbles y a sus derroches que lo llevaron, al final de su vida, casi al último grado de pobreza. En 1846 se hizo construir la suntuosa villa de Monte Cristo, en Saint Germain; en 1847, con el apoyo del Duque de Montpensier abrió en París el Teatro Histórico —a la postre un fracaso— y en 1853 fundó el diario Le Mousquetaire, escrito casi todo por él, donde publicó sus Memorias y que perduró hasta 1857 en que se convierte en semanario hasta desaparecer en 1860, año en el cual el inquieto autor rinde culto una vez más a su vocación romántica cuando va a Sicilia a apoyar a Garibaldi en su lucha libertaria. Vivió en Nápoles cuatro años trabajando en cargos públicos.

Su extraordinaria fecundidad literaria llegó a despertar sospechas, y era natural: pronto se supo que le ayudaba un grupo de escritores fantasmas que trabajaban para él; les suministraba los temas en forma de esbozos y luego supervisaba el trabajo de ellos, lo revisaba y reescribía en gran parte hasta darle la forma final.

En cuanto a los asuntos de sus piezas teatrales y narraciones que plagió, muchos comentadores opinan que Dumas les comunicaba tal amenidad y mejoría de estilo que resultaban superiores a las originales.

Se estima que publicó 257 tomos de novelas y 25 dramas y comedias, pero, como explicamos anteriormente, fue tan botarate que casi falleció en la miseria. Expiró el 5 de diciembre de 1870 en Passy, cerca de Dieppe, sin saber que Francia había sido derrotada en Sedan.

 

Sugerencia para pies de grabados.

1/El autor en su madurez.

2/El “Conde de Montecristo” es una buena novela de aventuras. Su héroe, Edmundo Dantés, esforzado marino, dado por muerto en las oscuras aguas que rodeaban el presidio de If, reaparece tornado en un opulento aristócrata capaz de vengarse de todos sus enemigos que lo llevaron a la prisión, y lo hace con estudiada elegancia y hasta con generosidad; él nos entrega una exhortación rotunda: ¡Confiar y esperar! ¿Consigna conformista? No; cuando esas palabras las dice un hombre de coraje y voluntad, se vuelven un llamado a aguardar una ocasión propicia para ejercitar una acción justa y oportuna.

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