La última singladura del Manzanillo

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El  Manzanillo tomó su carga comercial en Miami, después navegarían hasta Cayo Hueso, para incorporarse a un convoy de seis barcos. Rápidamente comenzaron a reagruparse con la complicidad de las sombras y antes del amanecer las naves ocupaban sus posiciones. A dos millas  de esas unidades, encabezando el avance, un submarino describiendo zigzag hacía la vigilancia en la inquieta zona. Otra embarcación similar navegaba al final de los navíos y cada cierto tiempo patrullaba sus flancos.

Era un día espléndido, con una  mar extrañamente traidora...

El reloj a bordo del Manzanillo marcaba las 5:00 horas del 12 de agosto de 1942. Desde mucho antes de zarpar, el capitán del buque, al igual que los restantes mandos de las embarcaciones, fue informado sobre la presencia de una flotilla de submarinos alemanes, la cual operaba en aguas del Golfo de México, el Caribe y el Atlántico.

Un rato después, el capitán del Manzanillo, Antonio Fernández de la Vega, ordenaba la estrategia a seguir durante el viaje. Se trataba de un programa severo al que los tripulantes no estaban adaptados, pero en su cumplimiento se impuso la disciplina más estricta. Junto al marino Enrique Torres Suárez conformaban el personal de máquinas: Antonio Vila, Ignacio López, Angel Macías, Bartolomé Márquez y Joaquín Clementes, los ayudantes Armando Conejeros y Carlos Cortés, así como los fogoneros Casimiro Martínez, Félix Ramírez y Juan E. Rodríguez.

 

La hora cero

Cuenta Enrique:

“Había terminado la guardia, y salí a la cubierta con mi jarro de café. Comenzaba a aclarar, me senté a conversar con Casimiro el de Gibara, e Indalecio el timonel. Les pasé el jarro y me tiré sobre una colchoneta. De pronto, recordé que era miércoles y comencé a inquietarme, porque un miércoles nací y otro me bautizaron; en ese cuarto día de la semana me salvé del ataque de un toro enfurecido y posteriormente sufrí la caída de un caballo, además un miércoles  se incendió la caldera de mi barco poco antes de arribar a Yokohama, Japón. Un miércoles me salvé de morir ahogado en un río y años más tarde, también un miércoles,  recibí mi nombramiento como jefe de máquinas.

“No tuve tiempo para continuar  interiorizando mis pensamientos supersticiosos. Una ensordecedora explosión nos hizo saltar y vi a algunos metros de distancia al vapor Santiago de Cuba, escorado  y  expulsando fuego por la chimenea. Nos llegó la hora cero, la de la muerte, pensé entonces. Corrimos en diferentes direcciones al tiempo que un tirabuzón de espuma vertiginoso venía hacia nuestro buque. Un estampido me lanzó por el aire, caí en la cubierta aprisionado por un eje de la maquinilla del barco. El navío se partió en dos,  y me vi libre en el agua.

“La nata negra que les rodeaba se fue ensanchando y en ella se confundía el petróleo de los dos buques. No demoraron ambos barcos en empinar su proa hacia el cielo en un adiós furioso a sus tripulantes y a aquel mar cruel. Los náufragos no pudieron verlos, pues el petróleo cegó a muchos de ellos. El fuego se extendía en todas direcciones como una serpiente dorada, y los marinos ofrecían una imagen fantasmal. 

“Es curioso ver cómo los hombres actúan a la hora de la muerte de la misma forma en que han vivido. Algunos supieron morir bien: el capitán Fernández de la Vega, su primer oficial,  Quevedo Muley  y el segundo oficial, Fontana Menéndez, eran hombres que de un modo automático hacían todas las cosas bien. En la muerte no les abandonó esa costumbre. El capitán sucumbió ordenando a su primer oficial abandono de buque, el segundo oficial se mantuvo trazando la derrota del accidentado viaje. El telegrafista Roger A. Lorenzo decidió transmitir el último mensaje y pereció en el intento.

 

El salvamento

Rápidamente los buques comenzaron a maniobrar, las sirenas demandaron auxilio y se arriaron  los botes salvavidas; después arribaron a la zona los custodios de guerra, adentrándose en el extraño escenario atestado de embalajes, hombres que morían asfixiados por el petróleo o monstruosamente quemados. Los del salvamento encontraron una balsa tripulada por cinco marinos, los cuales soltaban la piel embadurnada en ardiente petróleo. De este grupo, los que murieron supieron hacerlo, ellos decidieron que se rescataran primero a los que luchaban contra las olas

“Nosotros podemos esperar”, dijeron. Una vez más brilló alta la solidaridad  de los trabajadores del mar.

Cuando el convoy enfiló por el canal del  Morro, el 16 de agosto,  pudo haber sido igual a otros retornos: ahí estaba el cielo de un azul tenue, la restringida entrada a la bahía, el litoral serpenteando la geografía capitalina. Pero era diferente. El cielo reclinó su brillo, el convoy avanzó con dos buques menos frente al luctuoso Morro y la Patria herida se sumó al dolor de los familiares de las primeras víctimas cubanas del fascismo, quienes acudieron esperanzadas al lugar acostumbrado, hace sesenta y dos años.

 

COLOCAR EN UN RECUADRO

Los cadáveres de los  tripulantes del vapor Santiago de Cuba y del  Manzanillo fueron tendidos bajo la cúpula del Capitolio Nacional. Allí los trabajadores marítimos y portuarios, junto a toda la nación,  les rindieron póstumo homenaje hasta el momento del sepelio. Las víctimas fueron sepultadas con  los honores correspondientes a  los primeros cubanos  víctimas del fascismo. La voz de todo un pueblo se levantó para  condenar el nazismo.

Enrique Torres continuó navegando durante largos años y hasta el momento de su jubilación lo hizo en embarcaciones de la entonces Empresa de Navegación Mambisa. El fogonero del Manzanillo con frecuencia  hacía alusión de las reiteradas pesadillas que sufría, donde se repetía el terrible suceso. Hace dos años falleció y  hoy es recordado junto a sus compañeros caídos, todos los 12 de agosto, en que su sindicato de Marina Mercante Puertos y Pesca convoca a una peregrinación al monumento erigido frente al muelle de Caballería,  en la capitalina Habana Vieja.

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