El trágico final del Lusitania

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Como ya era costumbre, cientos de personas admiraban el paso del Lusitania desde la Punta Old Head Kinsale. Los más pudientes, valiéndose de catalejos y prismáticos;  los demás a simple vista, pues navegaba a 10 kilómetros de ese punto y se trataba de uno de los dos transatlánticos mayores de entonces —el otro era su gemelo Mauretania, pues el Titanic se había hundido en abril de 1912—, y con sus más de 240 m de eslora y cuatro enormes y oscuras chimeneas, devenía acontecimiento para los pobladores del sur de Cork, en la costa irlandesa.

De repente, los curiosos vieron cómo se elevaba una débil columna de humo blanco. Uno de ellos consultó su reloj: las 2:11 p.m. del viernes 7 de mayo de 1915. Dieciocho minutos más tarde, la inmensa mole desaparecía ante la estupefacta mirada de quienes habían asistido al trágico final del que fuera orgullo de la naviera Cunard.

 

El Gallardete Azul

En 1898, el trasatlántico Kaiser Wilhem der Grosse, de la compañía alemana NDL, había conquistado el Gallardete Azul, premio reservado al buque de línea que atravesara el Atlántico en menos tiempo. Durante varios años los navíos de la NDL y de su similar Hamburg-Amerika, se repartieron el codiciado galardón.

Para Inglaterra, otrora soberana de los mares, el hecho constituía ofensa más que reto tecnológico. Así las cosas, el gobierno inglés concedió a la Cunard un préstamo de 2,6 millones de £ (libras esterlinas) para construir dos transatlánticos de lujo a los que bautizarían con nombres de antiguas provincias romanas en España y el norte de África, a condición de que siempre fueran propiedad británica y, en caso de guerra, sirvieran para el transporte de tropas.

El 7 de junio de 1906 fue botado al agua el Lusitania en los astilleros John Brown, Clide de Escocia, concluyendo su alistamiento el 7 de septiembre del siguiente año. Tenía 241 m de eslora, 26,8 de manga, 11 de calado y desplazaba 31 550 t. Su planta motriz estaba compuesta por cuatro turbinas alimentadas por 25 calderas y un total de 129 hogares, con un consumo diario de 1 000 t de carbón a 25 nudos de velocidad.

En su segundo viaje trasatlántico, a finales de 1907, el navío conquistó el Gallardete Azul tanto a la ida como al regreso. En septiembre de 1909 su gemelo Mauretania fue provisto de hélices de cuatro palas de novedoso diseño, lo que elevó su velocidad a 26,6 nudos y le permitió retener el Gallardete Azul hasta 1929, fecha en que el Bremen, de la NDL, se lo arrebató.

En cuanto al Lusitania, las instalaciones y decorados eran sobresalientes. Comedores, salones de estar, camarotes, entre otros, descollaban por el lujo hasta entonces desconocido en naves de similar propósito. Los viajeros de primera clase abonaban 200 £, mientras que los de tercera solo 20 £. Podía acomodar a 563 pasajeros en primera clase, 464 en segunda y 1 138 en tercera, con una tripulación de 802 personas.

 

Razones de una tragedia

El 28 de junio de 1914 es asesinado en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando de Austria, detonante del conflicto bélico en formato europeo que venía gestándose meses antes, so pretexto de un reparto “más justo” de las colonias. Había comenzado la Primera Guerra Mundial.

Casi un año después, el 1⁰ de mayo de 1915, zarpa de Nueva Cork el Lusitania con 2 000 personas a bordo. Apenas 10 días antes, la embajada alemana en Washington envió a los periódicos el siguiente aviso:

“Se recuerda a los pasajeros que se propongan embarcar para cruzar el Atlántico, que se ha declarado el estado de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y los suyos; que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes de las islas Británicas y que, de acuerdo con el Aviso formal publicado por el gobierno imperial alemán, los buques que izan pabellón británico o de cualquier de sus aliados, pueden ser destruidos en aquellas aguas. Por tanto, los pasajeros que viajen por la zona de guerra a bordo de buques de Gran Bretaña o de sus aliados, deben conocer los riesgos a que se exponen.

Embajada Imperial de Alemania, Washington D.C., 22 de abril de 1915”.

Ahora bien: aparte de su numerosa carga humana, el Lusitania también transportaba una cifra imprecisa (iba de las 173 t reconocidas por Winston Churchill, a la sazón primer Lord del Almirantazgo), hasta las 4 000 t estimadas por el experimentado espionaje alemán en los puertos neoyorquinos… de municiones de fusil y de cañón. Y por supuesto, en lo más alto de su mástil flameaba la enseña de Albión.

En su obra Lusitania, Colin Simpson destaca: “En el hundimiento del Lusitania hubo de todo… hasta mala suerte”. ¿Por qué? El 7 de febrero el káiser Guillermo había ordenado la guerra total marítima. O sea, cualquier buque inglés o aliado, constituía un blanco por excelencia para los torpedos alemanes. Y en torno a las islas británicas acechaban los  U-boats.

Por otro lado, un día antes del fatídico 7 de mayo, en la estación de telegrafía del buque se recibe un mensaje ordenando “evitar las puntas salientes de la costa, echarse afuera y navegar a toda velocidad al cruzar delante de los puertos, pues hay submarinos en acción a la altura de la costa meridional de Irlanda”.

Lo lógico hubiera sido escoltar al gigantesco navío, tanto por las personas indefensas que viajaban a bordo como por los pertrechos militares “secretamente” embarcados en un buque de pasaje.

Al siguiente día, un nuevo mensaje advierte la presencia de submarinos en la zona sur del canal de Irlanda y al sur del faro de Coningberg, así como a 5 millas al sur de Cabo Clear, por donde obligatoriamente debe cruzar el coloso.

En verdad el capitán del Lusitania, William Turner (quien sobrevivió al  hundimiento), no observó las instrucciones del Almirantazgo de navegar en zigzag y a toda máquina en las zonas de peligro. Pero no hay dudas de que aquel 7 de mayo la suerte —la mala— ya estaba echada…

 

El holocausto

Cuando Walter Schwieger, comandante del U-20, descubrió a través del periscopio a la enorme masa flotante, no la reconoció. “Era un bosque de mástiles y chimeneas, confesó después, y de repente cambió de rumbo y se dirigió en línea recta hacia nosotros. No podía haber elegido un rumbo más perfecto si hubiera tratado, deliberadamente, de ofrecernos un blanco”.

A 365 m de distancia, Schwieger ordenó fuego. Dos torpedos del tipo G (de penetración media) impactaron a estribor y centro del buque. Según el testimonio de casi todos los sobrevivientes, en diferencias de segundos se escucharon dos explosiones, y casi un minuto después, otra mucho mayor… “Trasladé en brazos a varias mujeres y niños a los botes y, de pronto, el barco comenzó a hundirse velozmente de proa y solo atiné a lanzarme al agua. Nadé 150 ó 200 metros y desde esa distancia vi un espectáculo impresionante: el Lusitania estaba casi vertical, con toda la popa y parte de las cubiertas traseras y las enormes hélices sobresaliendo del mar”. (Relato del español Vicente Egaña, uno de los 802 sobrevivientes del holocausto).

 Entre las víctimas de renombre se hallaba el multimillonario Vanderbilt. La última vez que se le vio vivo le entregaba su chaleco salvavidas a una mujer. Su cuerpo fue recuperado días más tarde, al sur de Queenstown.

 

¿Dejado a su suerte o…?

Luego del incidente, sobre el capitán Turner cayeron las críticas más ácidas. En realidad, incumplió algunas orientaciones; incluso, de 25 nudos debió disminuir la velocidad a 15, tras levantarse repentina niebla. Ahora bien, el hecho de situarse ante los tubos lanza torpedos del U-20 fue puramente casuístico, como es obvio.

Mas algunos detalles levantaron serias sospechas a poco de ocurrido el hundimiento. ¿Por qué no se le asignó escolta? ¿Cómo dos torpedos de mediano poder fueron capaces de echar a pique en 18 minutos un coloso de 31 550 t? Si los impactos fueron dos, ¿por qué se escucharon tres explosiones? Y algo muy curioso: los registros relativos al 7 de mayo de 1915 desaparecieron tanto de los archivos del Almirantazgo como de la naviera propietaria del buque.

La controversia surgió de inmediato: ¿Envió el gobierno británico al Lusitania por una ruta suicida? A bordo viajaban 188 norteamericanos, de los cuales perecieron 114. Hasta ese instante el entonces presidente Wilson había logrado neutralizar la tendencia belicista de buena parte del gobierno. A partir de ahí, muchos ciudadanos prominentes exigieron la declaración de guerra para, según los medios de la época, “hacerle pagar al kaiser la muerte de los americanos que viajaban en el Lusitania…

El doctor Robert Ballar, descubridor del mítico Titanic, develó 15 años atrás un secreto que 96 m de profundidad y los hombres habían guardado celosamente. A bordo de su minisubmarino, Ballar observó que un tramo del costado de estribor del Lusitania y la parte inferior de este había sido destruida por una explosión de dentro hacia fuera. El gobierno inglés protestó, pero las imágenes eran elocuentes.

Desde entonces pocos dudan de que, en honor a la verdad, el Lusitania fuera enviado a una destrucción preconcebida. En 1917, el ejército expedicionario norteamericano desembarcó en Europa, para beneplácito de las exhaustas tropas aliadas (en especial inglesas y francesas), y que terminaría por llevar a la mesa de negociaciones de Compiègne a la Alemania imperial. 

           

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