La perla de la mora o la nostalgia de lo perdido

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La perla de la mora fue un poema escrito por el Apóstol José Martí que apareció en agosto de 1889 dentro de la segunda edición de La Edad de Oro. La historia que cuentan sus versos es sencilla:

Una mora de Trípoli, lo que hoy es Libia, tenía una perla rosada, “una gran perla”, resalta Martí. Sin embargo, no obstante su valor, ella la arroja al mar un día: “Siempre la misma, ya me cansa verla”, dice con desprecio.

El poema concluye con la desgraciada mora suplicando día a día frente a las olas: “Oh, mar, oh mar, devuélveme mi perla. Pero por supuesto, las aguas nunca retornan el tesoro que una vez salió le fue devuelto ellas.

Martí como precursor del Modernismo, supo cómo incorporar elementos exóticos a sus creaciones. En el caso de La perla de la mora se tiene la sensación de que un poema de esta calidad, no habría quedado fuera de lugar en las páginas de Las mil y una noches.

La enseñanza de su poema es de simple genialidad: Si desperdiciamos lo más valioso que tenemos, jamás lo podremos recuperar.

La perla puede ser un amigo, una madre, una oportunidad, un talento, algo de gran valor que tenemos afuera o llevamos dentro, pero nuestro. La mujer representa por sí misma a todas las personas, a cada uno de nosotros. El mar simboliza el tiempo, la vida, la naturaleza, pero también se representa a sí mismo: la fuente de la vida en la Tierra.

Es muy fácil ver una metáfora de las relaciones humanas, de la explotación desmedida de la naturaleza, un llamado a superarnos como individuos. Y es que Martí siempre fue capaz de ver lo mejor de cada uno.

Cuando nuestro Héroe Nacional comenzó a escribir la Edad de Oro, no lo hizo en un intento de rehuir a sus responsabilidades patrióticas, tampoco fue un gesto de vanidad para demostrar (una vez más) su talento sin igual.

Martí escribió esta revista, de lectura obligada para todo pionero, porque siempre supo que la lucha por el mejoramiento humano no se iba a definir en los campos de Cuba, sino en las mentes y corazones de los niños.

Quizás es la repetición constante de su pensamiento, la que a veces nos impiden ver en ocasiones, el profundo humanismo de José Martí. Pero sus palabras, como la perla, no deberían ser arrojadas al mar.

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