Un humidor cubano de inmejorable calado

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En nuestro país es muy difícil concebir una idea sin que el arte no esté presente. En nuestra isla los artistas han logrado exponer ante el mundo creaciones llenas de alegría y creatividad.

Hoy en día en Cuba resulta muy difícil caminar por las calles de alguna ciudad y no encontrar esos centros artísticos llamados ferias artesanales. De seguro, las obras que se exponen y comercializan harán parar los latidos del corazón a más de un transeúnte.

Algo similar le ocurrió a este autor mientras visitaba la sorprendente feria instalada en la inmensa Marina Gaviota, en la región turística de Varadero. Mientras recorría los estantes, entre gran gentío y sobreponiéndome al bullicio e intercambiando opiniones con algunos vendedores, mi mirada quedó clavada en aquel coloso galeón de altos mástiles y brillante porte.

Era una escultura increíble, de grandes proporciones. El modelo en nada envidiaba a un barco real, pues el artista recreó con exquisitez hasta el menor de los detalles.

¨Es un humidero, -dice la gentil comerciante levantándose de su puesto al notar mi marcado interés- su autor se llama Julio Vizcaíno, miembro del Fondo de Bienes Culturales, y es mi esposo¨, -me comenta la muchacha orgullosa.

Para el lector desconocedor de tal concepto podemos explicar que este objeto no es más que una caja de madera que se construye para almacenar tabacos. La recubierta interior se forra con láminas de cedro. Además nuestra nave, estaba confeccionada con pino y caoba.

Este humificador, como también se le llama, posee un sistema que controla el grado de humedad y, a veces, lo construyen con un higrómetro destinado a medir la humedad de los puros. Gracias a esto, se puede controlar el proceso de desintegración o desecación de los mismos.   

Con total agrado se acercó al prototipo y abrió unas gavetas escondidas, de las que los tiradores no eran otros que los cañones del navío. Mi emoción fue grande. Pero sobre todo me impresionó saber que podía guardar hasta trescientas unidades.  

¨Fue un trabajo muy duro, -me explica la mujer- estuvo por seis meses concentrado en diseñarlo, día y noche. Muchas personas pasan y lo ven de refilón, pero nunca se podrán imaginar cuanto esfuerzo y amor se le puso a cada detalle. Además, -continúo explicando- no se utilizó prácticamente pintura, sino que se pulió la madera y se le dio un pequeño brochazo de barniz¨.

Agradecido por la explicación, continué mí recorrido por aquel inmenso  lugar. No puedo negar que fueron muchas las cosas que atrajeron mi atención, pero, sin duda, nada fue tan apasionante como aquel brillante barco. 

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