Kitín Muñoz, heredero de Thor Heyerdhal

Por: 

Fotos: 

Mata Rangi quiere decir Ojos del paraíso. Es una visión poética y positiva de las cosas, porque estas siempre dependen de cómo las veas. El barco tiene en la proa una gran máscara en forma de pájaro de ojos azules. He copiado esta parte del barco de los polinesios, donde todo tenía una razón de ser. Navega y ve el paraíso que es el mar y el cielo. Yo quise que fuera una nave que acercara nuestro océano y reflejará todas las culturas mediante un recorrido a través del Pacífico…”

Así respondía Antonio José Muñoz Valcárcel (Kitín) a una de las tantas preguntas de los periodistas reunidos en el puerto chileno de Arica el 15 de febrero de 1998, poco antes de hacerse al mar en una balsa de totora para cruzar el océano Pacífico. Joven admirador de las teorías llevadas a la práctica por el inolvidable Thor Heyerdhal, estaba a punto de emprender su segunda expedición Mata Rangi.  Pero, ¿quién era este intrépido aventurero y contumaz navegante?

Misión: la aventura

Kitín nació el 19 de noviembre de 1958 en Sidi Ifni,  Sahara Occidental (español), lo que le permitió desde muy pequeño relacionarse con tribus de diferentes culturas. En 1974 se traslada a la Península y durante cuatro años estudia periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Un año más tarde materializa su primera gran aventura: descender en piragua por el río Guadalquivir, plagado de rápidos en sus 680 kilómetros de curso.

Ese mismo año su inquieto temperamento —él se autotitula “aventurero vocacional”—, lo mueve a alistarse en el Cuerpo de Operaciones Especiales español. En 1981 se desmoviliza y durante dos meses recorre 2 000 km en una tabla a la vela, desde Montecarlo a Túnez. ¿Motivo de la travesía? Demostrar —o quizá mejor, demostrarse— la resistencia del hombre en el mar, a la que sumará un año después la experiencia de náufrago voluntario en el Mar Mediterráneo, para probar “su” tesis acerca de la supervivencia.

En 1982 desciende el Nilo en piragua, recogiendo al paso valiosa documentación histórica y etnológica. Algún tiempo más tarde convive con el pueblo aymará de la isla Suriki, en Bolivia, y desde 1988 hasta hoy ha dedicado su vida a la defensa de la identidad cultural de las poblaciones indígenas, por lo que es Embajador Honorario de la UNESCO. Entre sus múltiples reconocimientos sobresalen la medalla de la República Francesa, la Medalla de Oro de la Polinesia Francesa, la medalla de la Villa de Madrid y de Caballero del Anda de Plata de la Liga Naval Internacional, así como los títulos Hijo Ilustre de Arica y Amigo de Bolivia.

Insaciable explorador

“Hay un dato histórico muy importante —revelaba Kitín Muñoz a los miembros de la prensa—: es que incas y españoles se encontraron por primera vez en el mar. Los documentos que he consultado dicen que navegaban en grandes balsas construidas de juncos y que podían permanecer hasta tres meses en ese medio.

“El problema de la navegación es que el paso de una nave desaparece con su estela. Por historias míticas, por restos arqueológicos o por la presencia étnica, sabemos que el Pacífico fue un mar muy navegado. Los indígenas tenían más inquietud por navegar que el hombre moderno, y existen indicios de que las balsas de totora (fibra de junco originaria de una isla del lago Titicaca), llegaron a Nueva Zelanda, Tasmania, Australia, Hawai, San Francisco, Perú o la Isla de Pascua…”

De tales ingredientes se nutrió Muñoz antes de organizar su primer gran salto oceánico, en homenaje a los pueblos de las regiones lacustres bolivianas. Ocurrió en 1988 y se denominó Uru. Zarpando de la costa peruana y confeccionada a base de juncos, la balsa salvó las 6 000 millas de distancia entre Tahití y el lugar de la partida, luego de navegar cinco meses a través del Pacífico, viniendo a ratificar lo demostrado en 1947 por Heyerdhal en la legendaria Kon-Tiki: la capacidad de los pueblos del antiguo Perú para construir embarcaciones capaces de recorrer enormes distancias mucho antes de que lo hicieran las naos del Viejo Mundo.

Nueve años después, emprende su segundo intento de cruzar el más grande de los océanos. Cuarenta rapa-nuis, pobladores nativos de la Isla de Pascua chilena, y 10 indios aymará de una tribu boliviana especializada en primitivas técnicas de construcción naval, acometen la fabricación de la Mata Rangi. Los lagos volcánicos de la Isla proporcionan 60 ton de juncos, de los que surgirá una balsa de 30 m de eslora, 7 de manga y 3 mástiles.

La flamante nave zarpa de la playa Anakena el 5 de mayo de 1997, con el objetivo de arribar al archipiélago japonés a manera de simbólico mensaje a favor del hombre y del medio ambiente.

Empero, por un lado la crudeza del invierno austral (complicado con repetidas tormentas marinas a consecuencia del fenómeno meteorológico El Niño), así como la baja calidad del junco empleado en la construcción, deterioran en extremo la balsa a los 23 días de navegación. Pero queda demostrado que el junco tiene propiedades muy especiales de flotación.

Gracias al reloj Breitling Emergency GPS —fabricado especialmente por esa firma suiza para Kitín Muñoz—, los expedicionarios son rescatados tras emitir vía satélite la señal de auxilio y la posición exacta en que se encuentran, en medio de un borrascoso mar.

Mata Rangi II

“Considero que la fabricación de balsas era, por entonces, un proyecto de Estado —continúa respondiendo a las preguntas Muñoz—, como lo fueron en su día las pirámides de Egipto o las carabelas de Colón. Se le ordenaba al pueblo hacer una embarcación, buscaban a los constructores más hábiles y a los mejores navegantes y guerreros vigorosos, y se hacían al mar.

“Si hay mano de obra, este tipo de nave se elabora de forma muy rápida. Las hacían de todos los tamaños: grandes, pequeñas (para uno o dos tripulantes), de pesca, de transporte, e incluso de 30 m como la mía. El sistema de construcción primitivo es el mismo que he seguido para hacer la Mata Rangi II, fabricada por los indios aymara del lago Titicaca, tal y como lo hacían sus antepasados…”

En esta oportunidad, el proyecto cuenta nuevamente con el apoyo de la casa Breitling, que, a juicio de Muñoz, “más que un sponsor es una empresa que cree en la investigación”. (De ahí que todos los miembros de la expedición porten relojes con brújula y GPS.) Asimismo participan en él la UNESCO y el municipio y empresarios de Arica.

El 12 de octubre de 1997 comienza la construcción de la nave. Al efecto, la caravana de la UNESCO “Por una cultura de Paz” transporta desde el Lago Titicaca hasta las costas de Atacama, 600 rollos trenzados de totora de 30 m de largo cada uno, las cuales darán vida a una balsa de 29 m de eslora, 7 de manga y 4,5 de puntal, tres mástiles de 10 m de altura cuyas velas son de algodón autóctono suramericano, y alrededor de 20 t de desplazamiento.

Paulino Esteban, sus hijos Fermín y Benjamín, y otros veinte indios aymará, se encargan de levantar la Mata Rangi II. En la ancha y larga cabina se emplea madera natural de las selvas bolivianas de Santa Cruz: tacuara y jatata. Porta además 24 tamboras de cuerdas trenzadas de totora, y los timones y algunos otros elementos de madera provienen de Chile. Al concluir las labores se han practicado más de 14 000 amarres con dicha fibra, hasta que el 15 de febrero de 1998 le es entregada la nave al capitán Muñoz, lista para hacerse a la mar.

Por delante a Mata Rangi II y sus tripulantes, la mayoría aymará, les espera una larga y azarosa travesía: alcanzar las costas de Asia en aproximadamente cinco meses. Pero de las peripecias acaecidas en esta nueva aventura, así como de los restantes proyectos acometidos por Kitín Muñoz, daremos fe en el próximo trabajo.

Haga su comentario