Plástica

El Mar en la Plástica. Auguste Renoir (1841-1919)

 

Auguste Renoir nació en Limoges, Francia, el 24 de febrero de 1841. Cuando él tenía pocos años, el padre —un agobiado sastre con numerosa prole— se trasladó con toda la familia a París en busca de mejorar su economía. En su niñez, Auguste mostró talento, y no solo en el dibujo o en la pintura, pues dícese que su voz impresionó al después famoso operista Charles Gounod, entonces inspector escolar, por su timbre y calidez.

Al dejar la escuela, a la edad de catorce años, ingresó como aprendiz de operario decorador en una fábrica de vajillas de porcelana, y alcanzó tal destreza en esa labor que llamó la atención de un capataz —pintor aficionado en sus ratos de ocio— quien se convirtió en su primer maestro: le regaló al joven lienzos y pinturas; le enseñó cómo manejar los pinceles y le animó a pintar. Ante el primer cuadro del muchacho, este hombre le pronosticó un futuro brillante como artista.

Pero papá Renoir era muy pobre para costearle una educación artística, y el mozo tuvo que seguir pintando sus platos y tazas aunque no por mucho tiempo: el “progreso industrial” creó una máquina que podía imprimir los decorados en la porcelana con más rapidez y en definitiva eliminó el trabajo manual.

Renoir se dedicó entonces a pintar abanicos y cuantos objetos pudieran trabajar sus hábiles manos. Ganó bastante dinero y a los dos años pudo ingresar en el estudio taller de Marc-Gabriel Gleyre, afamado pintor académico. Coincidió allí con Monet y Sisley, así como con Fréderic Bazille. Todos ellos se interesaban por el movimiento realista que, animado por Courbet y Manet, constituía un desafío al gusto artístico del público que entonces visitaba los salones y galerías.

Cuéntase que fue Renoir quien persuadió a sus amigos a estudiar por su cuenta y abandonar el atelier de Gleyre. Y bajo la jefatura artística de Monet y el mecenazgo del aristocrático Degas, el grupo se dedicó al estudio del fenómeno luminoso de acuerdo con las teorías de Chevreul. Discutían sus experiencias en el café Guerbois, adonde acudían también Pissarro, Cézanne y su amigo Emil Zola, entre otros artistas y autores que después serían famosos. En la campiña de Barbizon o en los bosques cercanos a París pintaban al aire libre cuando el tiempo se los permitía.

La guerra de 1870 —durante la cual Renoir sirvió en un lejano regimiento—, interrumpió por un lapso estas amigables reuniones, pero al finalizar el conflicto todos, excepto Bazille, quien murió, volvieron a reunirse en París. Así puede decirse que surgió el grupo impresionista, cuando en 1874 exhibieron Monet, Renoir, Pissarro, Sisley, Berthe Morisot y otros, en el estudio del fotógrafo Nadar, las telas que habían sido rechazadas en el Salón oficial.

La crítica reseñó esas obras con burlonas apostillas. Uno de los cronistas los calificó de “impresionistas” formando ese nombre con el título de una marina de Monet: Impresión, sol naciente. Quedaba así bautizada la muestra y la posterior escuela.

Los impresionistas siguieron exponiendo en grupo durante varios años. Renoir expuso en las muestras de 1877, 1879, 1880 y 1881. En 1882 viajó a Italia y en Venecia pintó un curioso retrato de Richard Wagner y un famoso desnudo femenino. También visitó España y el norte de África. Tras su regreso a Francia su vida se hizo más apacible (se había casado con Aline Charigot) y su obra y la familia lo absorbieron por entero.  A menudo pintó a sus tres chiquillos.

Muchas de sus modelos fueron sirvientas de la casa, a quienes solo exigía, como tales, tener “una piel que absorbiera bien la luz”. Nunca pintó mujeres muy delgadas o viejas, ni paisajes invernales ni, en general, ningún tema que no expresara de algún modo su alegría de vivir.

Hacia 1894 comenzó a sufrir artritis, padecimiento que ya no le abandonaría. No toleraba el húmedo clima de París. Su mano, torcida por el mal, ya no puede sostener el pincel, pero no por ello va a renunciar al mayor de sus placeres: pintar. Hay que atarle los pinceles entre sus deformados dedos para que pueda trabajar... Las pinturas de esta época (1895-1911) son las más admirables de todo su quehacer, pero se van reduciendo de tamaño; en la silla de ruedas el artista no puede moverse libremente ante las grandes telas como antaño. Empero, su fama ha aumentado: se le otorga la cruz oficial de la Legión de Honor y su Retrato de Madame Charpentier lo adquiere el Louvre.

Por consejo de su marchand Ambroise Vollard, en sus últimos años ya no puede pintar, pero se dedica a la escultura —arte que había cultivado ya. Había entrenado a su ayudante, lo suficientemente hábil y sensible para interpretar sus afanes, y mientras él hacía los esbozos, aquel  los iba ejecutando. Luego, con un palito introducido entre sus inertes dedos, indicaba dónde tenía que corregir. Así nació su Venus, de 1916, y otras piezas que luego se fundieron en bronce.

Renoir falleció el 3 de diciembre de 1919 en su posesión de Cagnes.

El Sena en Argenteuil 1873-74

La Grenouillére, 1869

Almuerzo en el restaurante Fournaise, el almuerzo de los remeros,1875 

El baile en Bougival 1883

Después del baño 1888                                  

Leopoldo Romañach Guillén, imprescindible figura de la plástica cubana

Marinas: más allá de la realidad

Para hablar con propiedad de la pintura cubana de inicios del siglo XX es importante mencionar a Leopoldo Romañach Guillén, imprescindible figura de la plástica cubana del período denominado Cambio de Siglo en Cuba. Más que el catedrático por excelencia que fue, se destacó como excelente retratista y paisajista.

Muchas de sus obras son referencia necesaria para destacar el período antes mencionado. De ellas nos centraremos en los temas marinos, “lo mejor de su obra -según afirma Adelaida de Juan, en su libro Pintura cubana: temas y variaciones-, pues aclara su paleta y logra en ocasiones, apuntar algo de la espontaneidad y ligereza, ausentes del resto de sus trabajos”.

En el período en que se mueve este artista se caracteriza por integrar, como elemento innovador, al hombre y su modo de vida al entorno que le rodea. En cada obra se puede apreciar la incorporación del bohío o la caseta donde descansan los pescadores luego de una ardua jornada de pesca, como una unidad necesaria de la composición, amén del resto de los componentes finales que amenizan la obra en su conjunto.

El artista ubica su caballete un poco más atrás de la costa para obtener una visión más abarcadora; lo hace con el objetivo de reflejar en su paisaje otros elementos. En ocasiones lo ubica a un costado del mar, para buscar contrastes muy bien marcados entre éste y la tierra. El horizonte marino siempre está dispuesto en un tercio racional de toda la composición; es como traspolar la fotografía a la pintura en proporciones muy bien estudiadas.

En las obras de Romañach hay que destacar, básicamente, la direccionalidad que adquieren los elementos que integran la composición. Cada uno apunta de manera objetiva al punto central: el hombre y su modo de vida; la entrada de la bahía, el viento, los árboles, todo apunta a esa dirección. Ingeniosamente logrado a base de pinceladas impresionistas, y a puro color. Este último adquiere una luminosidad característica, se tornan muy real para representar al trópico más puro.

Los tonos, los contrastes, las proporciones asumen una ligereza espontánea, armoniosa en toda la composición. Cada una busca su integración y el resultado final es la realidad, la maravilla de cada localidad. No por gusto su autor tiene la fama y el prestigio que lo caracterizan. Ver sus obras es tan atractivo como degustar el placer más exótico. El museo de Bellas Artes de La Habana, salvaguarda éstas y otras destacadas obras suyas.

El mar en la obra de Isolina Limonta

La guantanamera comenta   “El mar, está imbricado en cada uno de los senderos que he recorrido, pienso en él como la puerta de la casa, como el vecino más cercano, forman parte  de mi obra"

Niños en la playa

El mar en la plástica

Joaquín Sorolla fue uno de los pintores españoles más prolíficos. Etiquetado a veces como impresionista, en realidad su estilo maduro se definió mejor como luminista, técnica que dominó con maestría,  la luz  la combinó con escenas cotidianas como la que se muestra en la imágen

Sumergirse, nadar, dibujar...

Erienny José González Magariños (1987) natural de Guáimaro, Camagüey, regala a la revista
algunas  de sus obras  que tienen que ver con el maravilloso mundo marino
 

Artes visuales Espejo de río

La ciudad de Sancti Spíritus, con cinco siglos de existencia, nació en el centro del país sin posibilidades de recibir la brisa marina. La nostalgia por el agua se hace sentir en sus pintores, quienes acuden reiteradamente a los espejos de su río, el Yayabo

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 “El mar en mi obra va más allá de una definición formal, es un concepto metafórico. Considero el mar como un sentimiento, no es solo lo que representa, es más conceptual, refiere la artista de la plástica Alicia Leal Veloz,   al comentar sobre la presencia del en sus obras

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Paul Klee, nacido el 18 de diciembre de 1879 cerca de Berna, Suiza

Paul Klee (1879-1940)

Paul Klee, nacido el 18 de diciembre de 1879 cerca de Berna, Suiza, de padre bávaro y de madre francesa, es uno de los más originales artistas. Creador del grupo Blaue Reiter (Jinete azul). Puede clasificársele como expresionista, per él se distingue de otros pintores pro sus exploraciones sui generis en el dominio de la fantasía. Su padre era profesor de canto en una escuela normal cantonal, y su madre también era música.

Henri Matisse en Cateau-Cambréris,

El mar en la plástica: Henri Matisse

Matisse (1869-1954): Nació Henri Matisse en Cateau-Cambréris, al norte de Francia, el 31 de diciembre de 1869. A los doce años ingresó en el Liceo de Saint Quentin y culminó allí con éxito sus estudios de secundaria. Su padre quería que él fuera jurista y, en efecto, siguió los cursos de Derecho en París (1887-1889) y trabajó como pasante de abogado.

Lescay

Lescay, el pez y la hoja

Ocurrió en el colegio José Joaquín Tejada. Era la primera vez en mi vida que ingresaba en una escuela de arte. Sobre cada una de las mesas de los aspirantes habían puesto una hoja de los árboles del patio como referencia. Igual teníamos barro para reproducirla. Pero como no entendí la intención de los profesores, tiré la hoja al piso y modelé un pez. Tan pronto me percaté que no era un pez, sino una hoja lo que debía hacer, lo deshice, tomé rápidamente la hoja del piso y la reproduje.

Auguste Renoir (1841-1919)

Auguste Renoir nació en Limoges, Francia, el 24 de febrero de 1841. Cuando él tenía pocos años, el padre —un agobiado sastre con numerosa prole— se trasladó con toda la familia a París en busca de mejorar su economía. En su niñez, Auguste mostró talento, y no solo en el dibujo o en la pintura, pues dícese que su voz impresionó al después famoso operista Charles Gounod, entonces inspector escolar, por su timbre y calidez.

El tiburón de Abela

En  el Mar en la Plástica se hace referencia a una exposición de Eduardo M. Abela Torrás  presentada en la galería El reino de este mundo, de la Biblioteca Nacional  José Martí. El autor de la nota, comenta que  “se nos antojó titularla  El tiburón de Abela, sin previa consulta al artista”
 
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