John Franklin

Por: José Conde Piudacella

 

Durante siglos el Polo Norte permaneció desconocido de las ambiciones de las potencias europeas. La ruta del Noreste y la ruta del Noroeste marcan los primeros intentos científicos y prácticos para conquistar esas frías latitudes.

La primera expedición conocida, la llevó a cabo Willem Barents en el siglo XVI. Su epopeya fue terrible: perdió todas sus naves y él y sus hombres hubieron de cubrir a pie largas distancias rumbo al sur, hasta arribar a una aldea de pescadores que le facilitaron, a los supervivientes, el ansiado regreso a Ámsterdam.

En el siglo XVII surgió la figura de Henry Hudson. Llegó a remontar más allá de los 80° de latitud norte, pero una parte de la tripulación amotinada, le obligaron a abandonar el barco junto a un hijo suyo de corta edad y siete marineros fieles. Abandonados a su suerte en una lancha, sus restos jamás se hallaron.

Una de las expediciones más importante de principios del siglo XIX la capitaneaba sir John Ross, llevando como lugartenientes a John Franklin y Edward Parry. Del primero intentaremos trazar su semblanza y reseñar sus hazañas.

Franklin nació en Inglaterra, en abril de 1786. A los 14 años ya era grumete. Enrolado en el Polyphemus, asistió al bombardeo de Copenhague en 1801 y había acompañado el capitán Matthew Flinders, en su expedición a los mares australes. Combatió contra la escuadra francesa del almirante Linois en 1804 y, al año siguiente, participó en la batalla de Trafalgar. 

En 1818, Franklin, al mando del bergantín  Trent, tomó parte en la expedición al Polo Norte dirigida por David Buchan;  pero no consiguieron atravesar  la barrera de los hielos y arribaron a la bahía de Smeezenberg (Spitzberg) reparando las averías sufridas.

El Almirantazgo británico, organizó bien pronto una nueva expedición, mandada por el capitán Parry, la cual debía penetrar por el Estrecho de Davis. Franklin, en tanto, debía seguir el rastro de Samuel Hearne por tierra, y luego de explorar la costa norte entre la bahía de Hudson y la desembocadura del río Coppermine, debería encaminarse hacia el norte hasta hallar el deseado paso.

A bordo del Prince of Wales partió en mayo de 1819 y arribó a la bahía de Hudson en agosto; cruzó el lago del Oso Grande, alcanzó Cumberland House y después, caminando entre las nieves, pasó al lago Ateponio y más tarde al fuerte Chipenwyan.

En junio atravesaron el Círculo Polar Ártico y alcanzaron la región de los esquimales. Franklin, con algunos europeos y 16 indígenas en dos canoas, se lanzaron a explorar las costas para descubrir algunas islas peñascosas y el cabo Barrow.

Una vez llegados hasta el cabo Turnagain la carencia de víveres y de ropa adecuada los forzó a regresar al Coppermine. En julio llegaron a la factoría de York en la bahía de Hudson, luego de 5 550 millas de recorrido, y abordo del Prince of Wafes anclaron  finalmente en Yarmouth en octubre. Al año siguiente, Franklin daba a conocer el emotivo relato de su campaña y fue ascendido a capitán de navío.

Puesto que en su reseña del viaje exponía que el Mar Glaciar era navegable a cierta distancia de las costas y conjeturaba la existencia de un paso, se encomendó nuevamente a Parry y a él mismo otra expedición en la  búsqueda de tal vía. En  marzo de 1825 partió de Inglaterra, acompañado por Richardson y Back. La misión específica consistía en explorar desde la desembocadura del Mackenzie hasta el Estrecho de Bering.

Bajando por el Mackenzie, se efectuó el trazado de la costa desde su desembocadura hasta el Coppermine y se llegó hasta Punta Beechey en agosto de 1826. Tocaron la porción oriental de la isla Ellice, reconoció la de las Ballenas y descubrió y nombró la de Parry, así como los pequeños archipiélagos de Kendall y Pelly.

Al arribar a Liverpool en septiembre, el tenaz navegante traía valiosas colecciones para el enriquecimiento de los especialistas de la historia natural. Publicó también las memorias de este segundo viaje y mereció la felicitación de muchas sociedades científicas del mundo entero.

Desde 1836 a 1843 fue gobernador de la Tierra de Van Diemen (Tasmania). Pero en marzo de ese año, cuando todo hacía presumir que no emprendería nuevas aventuras, se preparó para otra expedición polar, formada esta vez por dos navíos, el Erebus y el Terror, cuyos mandos confiaría a dos acreditados capitanes: Crozier y Fitzjames.

Esta expedición la componían 138 hombres y partió el 19 de mayo de 1845. Arribaron a la isla de las Ballenas en julio, y poco después los exploradores se cruzaron con el buque Enterprise, cuyo comandante testimoniaría después que Franklin le aseguró que poseía víveres y vituallas para 6 o 7 años. Todos, añadía el reporte, se encontraban en perfecta salud.

El 26 de mayo, Dauner, comandante del Prince of Wales, los avistó a la entrada del Estrecho de Lancaster, ya rodeados por los hielos. No volvieron a tenerse noticias de los expedicionarios.

En 1848 comenzó el envío de expediciones su búsqueda. Muchas fueron las pistas que finalmente terminaron en nada. Por fin, en 1859, Mac CIintock descubrió, en la Tierra del Emperador Guillermo, un escrito de Crozier y de Fitzjames. Manifestaban que sus buques habían resultado detenidos por los hielos y que, bloqueados, se vieron obligados a abandonarlos; asimismo declaraban que Franklin había muerto en de junio de 1847. El corajudo marino llegó a la descubrir, aunque sin poder cruzarlo, el ansiado paso del Noroeste.

Con diversos homenajes se ha honrado la memoria de John Franklin: en la londinense Plaza de Waterloo, situada en el corazón mismo de la capital de Inglaterra, así como en Hobart Town y en su natal Spilsby, existen monumentos que hablan de su ajetreada aventura para alcanzar las vías polares.