La estampilla que inclinó la balanza

Por: Christian Núñez Gómez

Philippe Jean Bunau-Varilla llegó a Panamá en 1884. Ingeniero y con 25 años de edad, cruzó el Océano Atlántico para trabajar en la construcción del canal interoceánico en Panamá. La obra estaba a cargo de Ferdinand Marie, vizconde de Lesseps, diplomático y empresario francés que quince años atrás había concluido la construcción del canal de Suez, y cuyo éxito lo catapultó a la fama.

Sin embargo, el vizconde no corrió la misma suerte en la construcción del canal de Panamá. Su terquedad en prescindir de esclusas o elevadores hidráulicos en la accidentada topo­grafía del istmo panameño, junto a la corrupción en la Compañía Universal del Canal Interoceánico y la muerte de 22 mil trabajadores a causa de la malaria y la fiebre amarilla, provoca­ron su bancarrota y la paralización de la obra en 1899.

Después de este desastre, Bunau-Varilla decidió salir también de Panamá y se dirigió hacia los Estados Unidos con la esperanza de encontrar nuevos socios para continuar la obra, pero el gobierno de esa nación estaba más interesado en construir el paso interoceánico a través de Nicaragua. No se dio por vencido y escribió cartas al senado donde expli­caba las ventajas de su proyecto, como la ausencia de fuertes vientos y corrien­tes, curvas cerradas o volcanes, lo que facilitaría un paso ininterrumpido, mayor seguridad de tránsito y estabi­lidad de la estructura. Además, la vía sería tres veces más corta, por lo que el cruce de un océano a otro tomaría solo 5 horas. Más de un senador dijo enten­derlo y apoyarlo, pero no cambiaron su voto a favor de Nicaragua.

Fueron casi dos años de gestiones en las que el francés llegó a escribir car­tas para cada senador. El argumento de que la ruta por Nicaragua estaba plagada de peligrosos volcanes era su carta principal. “¿Qué tienen elegido los nicaragüenses para su escudo de armas? ¡Volcanes!”, les escribió. Pero la inclinación por Nicaragua seguía siendo superior. Bunau-Varilla era consciente de que necesitaba urgentemente cam­biar la opinión de los senadores.

Entonces recordó una estampilla que había visto alguna vez: se trataba de un sello por valor de un centavo, emitido por el gobierno de José Santos Zelaya en el año de 1900, donde se distingue el cono del volcán Momotombo con un penacho de humo que lo corona y, debajo, el último trecho de la línea ferroviaria de Occidente, sobre la que un gentío baja del ferrocarril en direc­ción a un barco de vapor que espera en un muelle del Lago Xolotlán.

Sin pensarlo se puso en contacto con los agentes filatelistas de Washing­ton, que no solo tenían la estampi­lla, sino que podían conseguirle las noventa que necesitaba, una para cada senador. Eso fue suficiente, y el alegato de los diplomáticos nica­ragüenses de que en Nicaragua no existían volcanes activos se hizo tri­zas. Finalmente, la estampilla inclinó la balanza hacia el istmo de Panamá, donde terminó construyéndose el famoso canal interoceánico.