CANGREJO CACEROLA

Por Daniel Benítez Pérez

De no saberlo real, se diría que se trata de una forma de vida alienígena o de una criatura nacida de la imaginación de un artista, pero este animal existe desde hace 450 millones de años. El cangrejo cacerola o de herradura es un artrópodo que puede medir hasta 60 cm y pesar 1,8 kg.

Su caparazón, de color grisáceo y con una forma que recuerda a una cazuela, está dividido en dos secciones. A los lados de la mitad delantera tiene dos ojos compuestos, un par simple al frente y cinco órganos fotorreceptores debajo del caparazón; mientras que la parte trasera protege su abdomen y tiene espinas en sus extremos. Posee cinco pares de extremidades y se sirve de ellas, junto con su aguijón, para atrapar y deshacer a sus presas, entre las que se encuentran moluscos bivalvos, gusanos y peces pequeños.

Podemos encontrarlo en la costa atlántica del continente americano, desde las aguas frías de Nueva Inglaterra en Estados Unidos, hasta la costa caribeña de la península de Yucatán, así como en la zona Indo-Pacífica, y en los mares orientales de China y Japón.

Un salvador de sangre azul

 Existen dos razones por las que el cangrejo cacerola ha llegado hasta nuestros días sin necesidad de evolucionar. En primer lugar, porque hubo un gran número de estos animales en los tiempos prehistóricos, tanto que permitió que algunas de sus especies sobrevivieran a los cambios extremos que sufrió el planeta; la segunda causa está en las propiedades extraordinarias de sus fluidos corporales.

Cuando este animal se hace una herida sus líquidos internos se solidifican de inmediato para evitar su pérdida. Su sangre, que se torna de color azul al entrar en contacto con el aire y los microorganismos que la componen combaten a los invasores y los expulsan del cuerpo. El sistema inmune de estos artrópodos es tan efectivo que son prácticamente invulnerables a las enfermedades y particularmente resistentes a los daños físicos, ya que pueden regenerar extremidades perdidas tras varias mudas de cascarón.

En los años 50 del siglo XX, se descubrió que su sangre se solidificaba al entrar en contacto con la Salmonella y la Escherichia Colli. La industria farmacéutica la usa como componente de antibióticos y retrovirales para tratar enfermedades simples como catarros y gripes o más graves como el cáncer y el sida.

Sus características especiales para reaccionar ante los organismos microscópicos también están rindiendo frutos en la gravedad cero. Las agencias espaciales la están empleando para detectar vida extraterrestre o velar por la salud de los cosmonautas, descubriendo las enfermedades que puedan padecer en el espacio. La biomasa y fluidos del cangrejo herradura se emplean, además, como carnada en la pesca, y fertilizante en las labores agrícolas.

Un fósil viviente que merece seguir vivo

 El proceso de extracción de su sangre es traumático para el animal, ya que deben perforarle el corazón para drenarlo y aunque son soltados tras la recolección, alrededor del 15 % muere en el proceso. El resto es capaz de recuperarse en un plazo de dos a tres meses, aunque de volver a ser procesados antes de cumplirse este tiempo, también morirían.

La realidad es que están desapareciendo desde mucho antes que la humanidad se obsesionara con ellos, pero la sobrepesca está reduciendo un proceso natural que hubiera llevado cientos o miles de años a un intervalo alarmantemente menor.

Hace mucho tiempo los hombres crearon criaturas mitológicas como unicornios y pájaros fénix, cuya sangre podía curar casi cualquier enfermedad. El cangrejo cacerola no es mágico, ni siquiera bello, pero tras su modesto caparazón la naturaleza escondió un regalo maravilloso.