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Por la cultura del mar

CINE

El Navegante

Por: RODOLFO SANTOVENIA

Pocas figuras de la pantalla han suscitado mayores y mejores risas que este artista excepcional quien encontró en la seriedad su definidora expresión.

Cerrado su rostro a la alegría supo matizar diversas emociones y dispares sentimientos. Sin romper nunca su sobriedad reflejaba en miradas, actitudes y movimientos cuanto sucedía en su interior.

Interpretó todo tipo de personajes, pues no hubo límites para su humor: vaquero, soldado, boxeador, camarógrafo, detective, tintorero, marino.

Como marino apareció en uno de sus más gustados filmes: El navegante, rodado en 1924 para la M-G-M, con dirección suya y de Donald Crisp, y libreto de Jean Havez, Joseph Mitchell y Clyde Bruckman, este último responsable de numerosos cortos de Laurel y Hardy y de Los Tres Chiflados, y quien, en 1955, alcoholizado y sin un centavo, se pegó un tiro en el baño de un restaurante al no poder pagar la cuenta.

La cinta, de 6 rollos, es la historia de un señor adinerado (Buster Keaton), de vida muelle, sin complicaciones, nada acostumbrado a enfrentar dificultades y obstáculos. Las primeras escenas lo muestran tomando un lujoso auto para hacer un viaje de pocos metros. Pero pronto la situación cambia y se ve obligado a convertirse en otro, ya que, de repente, se encuentra abandonado a su suerte, junto a una bella jovencita (Kathryn McGuire), en una embarcación, y luego en una isla poblada de caníbales.

El asunto es, si se quiere, convencional, trillado, pero no así su tratamiento, pues pocos filmes han aprovechado tan fructíferamente el vínculo con el escenario.

Además, el viaje es indispensable para el desarrollo de las habilidades de adaptación del protagonista, toda vez que permitirá obviamente la aventura, pero sobre todo el extrañamiento, en el sentido de Shklovsky, garantizando la posibilidad de que el personaje ensaye y redescubra el uso de los objetos, y comience a inventar todo por los caminos más barrocos y sorprendentes.

Por la inteligente concepción, por la elegancia visual de sus planos, sobresalen varias secuencias, como aquella en que la pareja se persigue en la nave desierta, buscándose desesperadamente y corriendo cada vez más a mayor velocidad. O el estupendo gag de las puertas, que por efecto del balanceo del barco se abren y cierran a un tiempo. O la exhibición de Keaton como buzo. O el gran final con el asalto de los caníbales.

Pero no sólo hay burla, gags y trucos, sino también una constante y delicada vena poética que corre a todo lo largo del filme, como la secuencia que cierra la cinta, en que un submarino los salva al emerger providencialmente y los sube sobre su lomo de metal.

Buster Keaton fue de una genialidad enorme. Hay momentos en que remonta a ciertos movimientos de Charlot; otros, en los que tiene la rigidez leñosa de Totó, el gran cómico italiano que aparecería después.

A partir de su mirada, encerrada en un rostro imperturbable, se organiza su método de puesta en escena, un método que tiene como primera norma el ejercicio continuo de la reflexión y la inteligencia.

Frente al patetismo tierno de un Harry Langdon o la alegría incontrolada de Harold Lloyd, él nos propone la necesidad de un rigor cómico como instrumento desalienador de un mundo a la deriva.

Mimo, acróbata e incluso excelente realizador, Keaton se preocupaba no tanto de ponerse en evidencia como de construir un mecanismo de farsa armonioso y funcional sin el menor desequilibrio.

La fuerza satírica de El navegante, aun en el caso de que los otros valores se desgasten con el paso del tiempo, será suficiente para mantenerlo para siempre entre los mejores filmes de su género.

 

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EL NAVEGANTE

Por: RODOLFO SANTOVENIA