ALBERTO VALLADARES: UN ARTISTA Y SU CIUDAD

Por: Daniel Benítez Pérez

Fotos: Revista Mar y Pesca

 

Las experiencias compartidas por los amigos son más dadas a llenar enciclopedias que a ser encerradas en el corto espacio de una revista. Aun así, intentaré aprovechar estas pocas cuartillas para hablar de un entrañable amigo de Mar y Pesca: Alberto Valladares Valdés.

Nacido en 1962 y con más de 20 años de trayectoria como orfebre, Alberto está en un momento de su vida donde en lugar de confeccionar trofeos para los triunfos ajenos, ha pasado a recibirlos. Sin embargo, nunca abandona su taller, y menos ahora que afirma estar preparando un regalo.

Su nuevo lugar de trabajo está en el bulevar de San Rafael, en Centro Habana, específicamente en el antiguo edificio de “Cuervo y Sobrinos”.

Al llegar me sorprenden las numerosas cajas amontonadas, el polvo de cemento y el sonido de herramientas de construcción en plena faena.

En medio de la vorágine, el enérgico artista supervisa cada acción a su alrededor, cada traslado de piezas, cada reacomodo. Todo se alista para lo que será en poco tiempo un hermoso local donde se exhiban algunas de las mejores obras de orfebrería de nuestro país. Pero el ocupado Valladares no demora las respuestas a nuestras preguntas.

“Lo que a mí siempre me ha fascinado de la orfebrería es su simpleza y su sinceridad. Una escultura, un anillo, un adorno, ninguno miente. Lo que ves es lo que hay, pero hay muchos de ellos en que no se ve a simple vista. Cada metal tiene su propio temperamento:  su dureza, su maleabilidad, su esencia misma te dicen lo que puedes hacer con ellos y lo que no. Lo mismo puede decirse de las aleaciones, que como los hijos pueden heredar lo mejor o lo peor de sus padres. Pero una vez que los conoces, te das cuenta que cada uno tiene su valor, que cada material tiene su propósito, y sabes qué hacer con ellos”.

Aunque el reconocimiento del que goza actualmente se ha debido a su propio esfuerzo y al valor de sus obras, admite que lleva en la sangre el arte de trabajar los metales: “Mi abuelo, o más bien uno de mis tatarabuelos, fue el mejor herrero de Cumanayagua.

Era un negro liberto y se casó con una mujer blanca, pero en las generaciones que lo siguieron su recuerdo fue desapareciendo. Me alegró mucho descubrir su historia, pero si te pones a pensarlo, el metal y el mestizaje son ancestros comunes de todos los cubanos.

“Los españoles trajeron los metales y con ellos conquistaron y esclavizaron, pero también construyeron. Si miras nuestra Habana puedes ver sus cons­trucciones, puedes ver a los descen­dientes de los conquistadores y los conquistados, pero no puedes ver las herramientas que lo hicieron posible. Ya han desaparecido, pero sus obras perduran, el alma habanera es tam­bién de metal”.

Su hermano, Raúl Valladares, es tam­bién un artista consagrado. Sus hijos, Alberto y Mairim son otro motivo de orgullo. “Albertico se metió a orfebre casi por la fuerza, y ya se ha hecho de un nombre; él es quien ha hecho las estatuas de los premios Hábitat”.

Pero a quien él considera que se lo debe todo es a su madre, Lourdes Valdés Monserrat. “Mi mamá vino a estudiar después del triunfo de la Revolución, pero como bibliotecaria de una escuela primaria, y se pasó la vida leyendo. Todo lo que supo lo aprendió de los libros y me lo enseñó a mí. Era una mujer extraordinaria: bordado, trabajos con papier maché… hacía de todo. Ella murió con 79 años.

“Así que quiero hacer algo especial con este taller. Que no solo sea un lugar donde se adquieran piezas de orfebrería, sino donde aquellos inte­resados y los que llevamos varios años en el oficio podamos aprender los unos de los otros. No me atreve­ría a hablar de una academia, porque esa palabra tiene otras implicacio­nes, pero quiero crear un espacio donde confluyan los orfebres de todo el país”.

Además de la nueva sede, Valladares ha puesto en funcionamiento un sitio web (www.albertovalladares.com), que tendrá una vidriera con cada pieza de su exposición en Águila y San Rafael, junto a imágenes sobre el pro­ceso de su fabricación. Estas piezas podrán ser compradas en el propio sitio mediante la pasarela de pago del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Además, se expondrán constante­mente las actividades que se realicen en el taller, dirigidas a los jóvenes orfebres y demás interesados.

Cuando nuestra entrevista parece concluir, Alberto me desvela en qué ha estado trabajando últimamente. Se trata de la estatua de un hipocampo o caballito de mar dedicada al aniversa­rio 500 de La Habana. La pieza mide 65 centímetros de altura y está con­feccionada en acero, cobre y hueso sobre una base de mármol verde.

“Me gustaría que esta obra fuera recordada como el regalo de un amigo de Mar y Pesca a la capital de todos los cubanos”, confiesa, y sus palabras resultan conmovedoras. Creo que Mar y Pesca debe haber hecho cosas muy buenas para tener un amigo así. Para nosotros, portadores de tan valioso homenaje, es un deber recordarle a San Cristóbal de La Habana la grandes de sus hijos.

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