Joseph Conrad

Por: Octavio Céspedes

Joseph Conrad nació el 3 de diciembre de 1857 en Berdyczów, en aquel entonces territorio de Polonia, actualmente Ucrania. Este marino es considerado uno de los grandes escritores modernos en lengua inglesa. Su nombre polaco original era Józef Teodor Konrad Nalecz-Korzeniowski, aunque al tomar la nacionalidad británica, adoptó el de Joseph Conrad.

A los 12 años, Conrad quedó huérfano, por lo que se trasladó a la casa de su tío en Ivov y luego a Cracovia, donde cursó la enseñanza secundaria. A los 17 años, viajó hasta Italia y luego a Marsella, ciudad en la que se alistó en 1875 como marinero en el buque Mont Blanc. A bordo de ese y otros navíos crecería una pasión por los viajes a recónditos y exóticos destinos, por el mundo del mar y sus gentes, y sus protagonistas principales, los buques.

En 1878 viajó a Inglaterra y se enroló como tripulante en pequeños barcos de cabotaje entre Newcastle y Lowestof, donde comenzó la lectura de las obras de Shakespeare, una afición que nunca abandonaría; a los 21 años tenía un amplio dominio del idioma inglés, en el que se ubicaría como uno de sus autores más prominentes.

Tras obtener la nacionalidad inglesa pudo presentarse a los exámenes de aptitud de oficial de la marina mercante británica y navegó, en los buques Duke of Sutherland, Narcissus, Loch Etive, y Palestine, entre otros. Luego de aprobar los correspondientes exámenes alcanzó el título de capitán, con el que obtuvo el mando de los barcos Torrens y Otago.

En 1886 publica su primera novela, La locura de Almayer. En 1894 fija su residencia en el sur de Inglaterra, dedicándose por entero a la literatura.

Las experiencias y vivencias de sus años como marino y capitán, los variopintos caracteres humanos que conoció a bordo y en puertos del mundo, los cuentos e historias escuchadas alrededor de una botella de ginebra o en la soledad de una guardia de mar, contribuyeron a la formación de la legión de personajes y ambientes en sus cuentos y novelas, donde el hombre se ve retado por una naturaleza bella pero salvaje y amenazadora, habitada por seres abrumados por la diferencia en estratos sociales, la desilusión y el pesimismo. En 1896 ve la luz Un vagabundo de las islas y en 1897, publica Salvamento, Una avanzada del progreso y El negro del Narcissus.

En 1898 sufre serias dificultades económicas, por lo que trata de regresar a la marina mercante, sin lograrlo. En 1900 aparece Lord Jim; esta novela se considera inspirada parcialmente en un accidente que estuvo a punto de costarle la vida a bordo del vapor Palestine. En 1902, se publica Tifón.

En 1916, en el marco de la I Guerra Mundial, el almirantazgo inglés le encarga misiones de reconocimiento e inspección en varios puertos británicos.

En los siguientes años publica La línea de sombra (1917), La flecha de oro (1919) y El pirata (1923).

Josep Conrad fallece de un ataque cardíaco el 3 de agosto de 1924. Su novela El Alma del Guerrero fue publicada en 1925.

Ofrecemos a los lectores un fragmento de su novela Lord Jim: “El Patna dejó atrás el estrecho, atravesó el golfo y siguió en dirección al mar Rojo, bajo un cielo sereno, abrasador, sin una nube, envuelto en el fulgor de unos rayos solares que mataban todo pensamiento, oprimían el corazón y secaban todo impulso de fuerza y de energía. Y bajo el siniestro esplendor de aquel cielo, el mar, azul y profundo, permanecía quieto, sin un solo movimiento, sin el menor cabrilleo, sin una arruga en su superficie, viscoso, estancado, muerto… El vapor pasó con un ligero y sordo silbido por aquella llanura luminosa y bruñida, lanzó una voluta de humo negro a través del espacio y dejó tras de sí en el agua una blanca cinta de espuma, borrada enseguida, como fantástica estela que sobre un mar sin vida abriera el espectro de un barco”.

AL OCEANO

José María Heredia

 

¡Qué! De las ondas el hervor insano

mece por fin mi lecho estremecido!

¡Otra vez en el Mar! … Dulce a mi oído

es tu solemne música, Océano.

 

¡Me oyes, benigno Mar! De fuerza lleno,

en el triste horizonte nebuloso,

tiende sus alas aquilón fogoso,

y las bate: la vela estremecida

cede al impulso de su voz sonora,

y cual flecha del arco despedida,

corta las aguas la inflexible proa.

Salta la nave, como débil pluma,

ante el fiero aquilón que la arrebata

y en torno, cual rugiente catarata,

hierven montes de espuma.

 

¡Divino esposo de la Madre Tierra!

Con tu abrazo fecundo,

los ricos dones desplegó que encierra

en tu seno profundo.

Sin tu sacro tesoro inagotable,

de humedad y de vida,

¿qué fuera? -Yermo estéril, pavoroso,

de muerte y aridez sólo habitado.

Suben ligeros de tu seno undoso

los vapores que, en nubes condensados

y por el viento alígero llevados,

bañan la tierra en lluvias deliciosas

que al moribundo rostro de Natura

tornando la frescura,

ciñen su frente de verdor y rosas.

 

¡Espejo ardiente del sublime cielo!

En ti la luna su fulgor de plata

y la noche magnífica retrata

el esplendor glorioso de su velo.

Por tí, férvido Mar, los habitantes

de Venus, Marte o Júpiter admiran

coronado con luces más brillantes

nuestro planeta, que tus brazos ciñen,

cuando en tu vasto y refulgente espejo

mira el Sol de su hoguera inextinguible

el áureo, puro, vívido reflejo.

 

¿Quién es, sagrado Mar, quién es el hombre

a cuyo pecho estúpido y mezquino

tu majestuosa inmensidad no asombre?

Amarte y admirar fue mi destino

desde la edad primera:

De juventud apasionada y fiera

en el ardor inquieto,

casi fuiste a mi culto noble objeto.

Hoy a tu grata vista, el mal tirano

que me abrumaba, en dichoso olvido

me deja respirar. Dulce a mi oído

es tu solemne música, Océano.

 

 

MAR

Roberto Fernández Retamar

 

Mar abierto y jadeante, frente a mi pecho vivo,

¿qué, sino referir los cielos, es tu oficio;

sino mover los árboles que en su sitio se quedan

y traducir las nubes a tu aterida lengua?

 Pero sobre los hombros de este campo sin peso,

una misión de amor se encomienda a tu cuerpo:

te acercas a mi isla, la copias y propagas,

como si una gaviota más grande te volara.

 Y viajan en tu boca las palmeras azules,

y en tus ojos las lomas solemnemente se hunden.

Piel increíble: por tus caminos nos llegaron

las voces que hoy de hierros y de luces usamos.

 Y por ellos enseñaremos al planeta

nuestros limpios colores, nuestra dulce cosecha,

cuando nada nos ate, sino tu amable bosque

que tu pecho y mi patria con inquietud recorre.

Mitad pez, mitad humana

Por Melani Vázquez Sánchez

Este cuento llegó a nuestra redacción de parte de una niña de Rancho Veloz, Villa Clara, Cuba.

Mi abuela siempre mecuenta historias antes de dormir, pero la que más me gusta es la de la joven que misteriosamente se convirtió en una criatura humana y marina a la misma vez. Dice que se llamaba Lucía, tenía la piel extremadamen­te blanca y sus ojos color del tiem­po. Vivía con su humilde familia en una zona rural al oriente del país. Nunca la mostraban en público a causa de sus ojos y su fijación con el mar.

— Lucía, no quiero que sigas con esa idea, decía su madre.

— Pero mamá…

— Basta, no quiero que sigas.

Y así continuaba la disputa de todos los días.

Estaba obsesionada con el mar. Todos los días, mientras los demás estaban ocupados se esca­paba para sentarse en una roca, siempre la misma, y observar el roce del cielo y el mar, su mirada le decía que no había más que ver, pero ella sabía que sí, había mucho más de lo que se podía imaginar.

Un domingo en una de sus fu­gas rutinarias, se distrajo y se des­vió hacia el pueblo. Cuando llegó todos se asombraron al ver una chica de ojos color del tiempo. Ella se asustó mucho y corrió sin parar hasta el mar.

Allí se sentó en su roca y mientras lloraba tara­reaba una melancólica canción que hizo brotar lágrimas a los pescado­res que estaban cerca. Todos vieron como la chica se sumergía en el agua, mientras se iba formando en sus pies un bello vestido de es­camas verde-azules. Y la verdad no la sabe na­die porque se la llevó a las profundidades del mar, una joven muy pa­recida a ella.

                                      ALBERTO VALLADARES: UN ARTISTA Y SU CIUDAD

Por: Daniel Benítez Pérez

Fotos: Revista Mar y Pesca

 

Las experiencias compartidas por los amigos son más dadas a llenar enciclopedias que a ser encerradas en el corto espacio de una revista. Aun así, intentaré aprovechar estas pocas cuartillas para hablar de un entrañable amigo de Mar y Pesca: Alberto Valladares Valdés.

Nacido en 1962 y con más de 20 años de trayectoria como orfebre, Alberto está en un momento de su vida donde en lugar de confeccionar trofeos para los triunfos ajenos, ha pasado a recibirlos. Sin embargo, nunca abandona su taller, y menos ahora que afirma estar preparando un regalo.

Su nuevo lugar de trabajo está en el bulevar de San Rafael, en Centro Habana, específicamente en el antiguo edificio de “Cuervo y Sobrinos”.

Al llegar me sorprenden las numerosas cajas amontonadas, el polvo de cemento y el sonido de herramientas de construcción en plena faena.

En medio de la vorágine, el enérgico artista supervisa cada acción a su alrededor, cada traslado de piezas, cada reacomodo. Todo se alista para lo que será en poco tiempo un hermoso local donde se exhiban algunas de las mejores obras de orfebrería de nuestro país. Pero el ocupado Valladares no demora las respuestas a nuestras preguntas.

“Lo que a mí siempre me ha fascinado de la orfebrería es su simpleza y su sinceridad. Una escultura, un anillo, un adorno, ninguno miente. Lo que ves es lo que hay, pero hay muchos de ellos en que no se ve a simple vista. Cada metal tiene su propio temperamento:  su dureza, su maleabilidad, su esencia misma te dicen lo que puedes hacer con ellos y lo que no. Lo mismo puede decirse de las aleaciones, que como los hijos pueden heredar lo mejor o lo peor de sus padres. Pero una vez que los conoces, te das cuenta que cada uno tiene su valor, que cada material tiene su propósito, y sabes qué hacer con ellos”.

Aunque el reconocimiento del que goza actualmente se ha debido a su propio esfuerzo y al valor de sus obras, admite que lleva en la sangre el arte de trabajar los metales: “Mi abuelo, o más bien uno de mis tatarabuelos, fue el mejor herrero de Cumanayagua.

Era un negro liberto y se casó con una mujer blanca, pero en las generaciones que lo siguieron su recuerdo fue desapareciendo. Me alegró mucho descubrir su historia, pero si te pones a pensarlo, el metal y el mestizaje son ancestros comunes de todos los cubanos.

“Los españoles trajeron los metales y con ellos conquistaron y esclavizaron, pero también construyeron. Si miras nuestra Habana puedes ver sus cons­trucciones, puedes ver a los descen­dientes de los conquistadores y los conquistados, pero no puedes ver las herramientas que lo hicieron posible. Ya han desaparecido, pero sus obras perduran, el alma habanera es tam­bién de metal”.

Su hermano, Raúl Valladares, es tam­bién un artista consagrado. Sus hijos, Alberto y Mairim son otro motivo de orgullo. “Albertico se metió a orfebre casi por la fuerza, y ya se ha hecho de un nombre; él es quien ha hecho las estatuas de los premios Hábitat”.

Pero a quien él considera que se lo debe todo es a su madre, Lourdes Valdés Monserrat. “Mi mamá vino a estudiar después del triunfo de la Revolución, pero como bibliotecaria de una escuela primaria, y se pasó la vida leyendo. Todo lo que supo lo aprendió de los libros y me lo enseñó a mí. Era una mujer extraordinaria: bordado, trabajos con papier maché… hacía de todo. Ella murió con 79 años.

“Así que quiero hacer algo especial con este taller. Que no solo sea un lugar donde se adquieran piezas de orfebrería, sino donde aquellos inte­resados y los que llevamos varios años en el oficio podamos aprender los unos de los otros. No me atreve­ría a hablar de una academia, porque esa palabra tiene otras implicacio­nes, pero quiero crear un espacio donde confluyan los orfebres de todo el país”.

Además de la nueva sede, Valladares ha puesto en funcionamiento un sitio web (www.albertovalladares.com), que tendrá una vidriera con cada pieza de su exposición en Águila y San Rafael, junto a imágenes sobre el pro­ceso de su fabricación. Estas piezas podrán ser compradas en el propio sitio mediante la pasarela de pago del Fondo Cubano de Bienes Culturales. Además, se expondrán constante­mente las actividades que se realicen en el taller, dirigidas a los jóvenes orfebres y demás interesados.

Cuando nuestra entrevista parece concluir, Alberto me desvela en qué ha estado trabajando últimamente. Se trata de la estatua de un hipocampo o caballito de mar dedicada al aniversa­rio 500 de La Habana. La pieza mide 65 centímetros de altura y está con­feccionada en acero, cobre y hueso sobre una base de mármol verde.

“Me gustaría que esta obra fuera recordada como el regalo de un amigo de Mar y Pesca a la capital de todos los cubanos”, confiesa, y sus palabras resultan conmovedoras. Creo que Mar y Pesca debe haber hecho cosas muy buenas para tener un amigo así. Para nosotros, portadores de tan valioso homenaje, es un deber recordarle a San Cristóbal de La Habana la grandes de sus hijos.

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