TEMAS MARINOS Y NUMISMÁTICA

Por: Jesús Abascal López

Un sencillo diccionario definirá a  la numismática como  la “ciencia que se dedica al estudio de las monedas y medallas antiguas”.  Esta disciplina, valiosísima  auxiliar  de la historia, adquiere categoría de ciencia cuando se propone utilizar a las monedas y a las medallas “como fuentes de  primer  orden  por su valor  histórico, cronológico,  arqueológico,  artístico,  etc.”  

La afición por las antigüedades,  que tuvo un desarrollo  notable en Europa a partir del Renacimiento,  influyó decisivamente  en  la  importancia  de  la Numismática  como  ciencia.

La historia de la moneda como valor de cambio, es larga e  interesante. El origen del dinero data de las primitivas sociedades y de las épocas remotas en que el hombre apelaba al trueque con aquel lo que colectaba, cazaba, pescaba o cosechaba.

En los comienzos de la humanidad, antes del empleo de la moneda propiamente dicha, se pagaban las cosas con ganado (pecus), y los rebaños para el pago se contaban por cabeza (per cápita);  de ahí los vocablos actuales “pecunia” y “capital”.

La relación de objetos que sirvieron como monedas o valor  de cambio en la antigüedad, sería considerable: trigo, sal, cacao, etc. Con el tiempo, el dinero fue representado por  lingotes que empezaron a elaborarse a partir del oro y de la plata, y  cuyo valor estaba determinado  por el grado de pureza y  por el peso. De ahí a que fueran marcadas por los Gobiernos, para garantizar así su  legitimidad.

Un buen día surgió la moneda, es decir, el disco metálico tal y como lo conocemos en la actualidad.  La invención se atribuye el  rey  Fidón, de Argos, monarca griego del siglo VII a.n.e. Él hizo circular aquellas primeras piezas en la isla de Egina, aunque algunos numismáticos sostienen que ya en Lidia, en el Asia Menor, se habían labrado unas piezas de electrum muy similares a las de los griegos.

Griegos, romanos y bizantinos contribuyeron decisivamente a la evolución de las monedas, conjugando para ello el gusto artístico y  la técnica de impresión o grabado en el metal, y  reflejando siempre, directa o  indirectamente, algunas características  importantes de  la sociedad en cuyo seno dichas monedas fueron emitidas.

Es por esta razón que la Numismática, considerada como ciencia, resulta casi indispensable para el conocimiento de la geografía antigua, de la  mitología, de la paleografía, de la religión, de la cronología  y  de otros muchos factores que permiten a los especialistas de hoy establecer muchísimas cuestiones históricas que habían permanecido confusas o ignoradas.

Por lo general, las monedas solían llevar en su anverso la efigie de reyes, monarcas, gobernantes, dictadores,  próceres, patriotas, descubridores hombres y  mujeres notables; en fin, que eran perpetuadas en el metal, ya fuese en oro, plata, bronce, níquel o aleaciones diversas.

Después proliferaron los monumentos, escudos, símbolos patrióticos y demás elementos que singularizaban las monedas con características particulares de cada país. Y así, los motivos se fueron  multiplicando hasta generalizarse el uso de una variadísima temática en esos discos metálicos que hoy nos sirven como valor de cambio.

Entre esos temas está el mar , con sus diferentes tipos de embarcaciones, sus especies acuáticas, sus descubridores … De ahí  que se haya hecho la presente selección que hoy  incluirnos en nuestras páginas y que informan a nuestros lectores sobre un asunto interesantísimo, pero generalmente  poco divulgado.

Y sépase que las monedas que aquí  reproducimos  no constituyen más que una muestra de la abundante temática marina que es reflejada en las piezas monetarias-sin contar  los billetes- que han circulado y circulan por todas las latitudes  del  mundo.

 

 

Santa María

Por: Ramón Rodríguez Escandel

Santa María era propiedad del santanderino Juan de la Cosa, a la sazón residente en el puerto de Santa María, de ahí el nombre de la nave aunque por haber sido construida en Galicia, también era conocida por el sobrenombre de La Gallega.

Como es sabido, fueron tres las naves descubridoras de América, guiadas por el almirante Cristóbal Colón: una nao (la Santa María) y dos carabelas (la Pinta y la Niña). La nao era un barco de alto bordo, de aparejo redondo y castillo de popa, que solía construirse en el norte de España.

Sobre esta nave el propio Colón afirmó: “La nao era muy pesada y no para oficio de descubrir”. No obstante esta valoración, realizó el primer viaje a América como capitana de la expedición, hasta que el 25 de diciembre de 1492 naufragó en la costa de La Española, actual Haití. Con los restos de la nave se levantó el fuerte Navidad, donde se quedaron 39 españoles con la idea de explorar la isla, recoger todo el oro que pudiesen y establecer relaciones con los indígenas. Cuando Colón regresó, en su segundo viaje en 1493, halló destruido el fuerte y los cadáveres de los hispanos, por disensiones internas y enfrentamientos con los aborígenes. Perecieron a manos de los indios.

La moneda española de cinco mil pesetas que se expone en este trabajo reproduce un supuesto grabado de la Santa María, que figuraba como portada de la primera carta de Cristóbal Colón en la cual anunciaba el descubrimiento de América y relataba todo lo visto. Dicha carta debió ser escrita en 1493 y de ella se hicieron numerosas ediciones, algunas con láminas e ilustraciones, que presentaban un cuadro idílico e irreal de las tierras y pobladores americanos muy próximo a la idea del Paraíso Terrenal, muy arraigada en aquella época. Es posible que el autor del dibujo recabase alguna información sobre la nave, o dispusiese de planos o figuras que le permitieron diseñar el modelo expuesto.

Varios autores coinciden en que es la representación más cercana a una de las tres embarcaciones participantes en la gesta colombina.

Sobre el descubrimiento y la colonización de América han sido plasmadas en oro, plata y cuproníquel varias emisiones especiales de la Casa de la Moneda de Cuba, desde 1981. De esta fecha ilustramos una de plata de 12 gramos en la denominación de cinco pesos. De 1990 exponemos una de diez pesos y 20 gramos de plata titulada “arribo a Cuba 27 de octubre”.

Además, se muestra la emitida por la Empresa Cubana de Acuñaciones en el año 2001; bella moneda de una onza de plata en la denominación de 10 pesos titulada “Encuentro de Dos Mundos”, con la Santa María dibujada.

Finalmente, exponemos un billete emitido por España en 1940, por valor de una peseta y en cuyo anverso se aprecia la nao Santa María.

Numismática

Enigmas y misterios sobre la vida de Cristóbal Colón.


Por: Ramón Rodríguez Escandell

REDUCIDOS personajes en la historia universal pueden ofrecer tantos enigmas y misterios como Cristóbal Colón. Su origen, familia, formación y otras circunstancias han sido objeto de variadas polémicas, a las que ha contribuido el propio Almirante protegiendo celosamente (tal vez para ocultar su humilde procedencia, o por una posible ascendencia judía) datos que hubieran esclarecido su vida.

A su vez, a lo largo de la historia han surgido dudas acerca del lugar de nacimiento, provocando que varias naciones se hayan atribuido el honor de ser su patria: Grecia, Inglaterra, Francia, Suiza y Portugal, entre otras. Por su parte, España, que no ha quedado al margen de las polémicas, ha defendido con pasión que era gallego, catalán, mallorquín, extremeño y alcarreño.

Actualmente, y luego de profundos estudios por diversos historiadores, todo hace indicar que Colón era originario de Génova, nacido hacia 1541, en una modesta familia y cuyo padre, Doménico, realizó los oficios de lanero, cardador, portero y tabernero. La tradición familiar no era la más adecuada para animar la vocación marinera de Colón, pero Génova mantenía una serie de colonias en los mares Egeo y Negro y la actividad portuaria era intensa.

Desde 1461 el futuro almirante comenzó a participar en tareas marítimas y con 19 años ya sería un diestro marinero que navegó de un extremo a otro del Mediterráneo y hasta Lisboa, en el borde mismo del desconocido Atlántico.

En el mundo de la numismática (monedas, billetes y medallas) se representan muchas imágenes del Almirante Cristóbal Colón. Puede parecer insólito, pero no se tiene la absoluta certeza de que en vida del genovés se le hiciera alguna pintura o grabado y todos los que se presentan como auténticos llevan un grado muy elevado de inexactitud.

Según los cronistas, existen decenas de representaciones de Colón, todas diferentes dada la indefinición del personaje. En 1892, con motivo de IV centenario del descubrimiento de América, se expusieron un total de 77 reproducciones de las distintas representaciones existentes. Desde esa fecha a la actualidad el número ha crecido.

Son varias las descripciones de su fisonomía. El más allegado, su hijo Hernando, expresa: “Hombre de bien formada y más que mediana estatura, la cara larga, las mejillas un poco altas, sin declinar de gordo o macilento, la nariz aguileña, los ojos blancos (azul claro), y el color encendido; en su mocedad tuvo el cabello blondo, pero de treinta años ya lo tenía blanco; en el comer y el beber era muy modesto y continente”.

Las causas que motivaron esta despreocupación por inmortalizar la imagen del descubridor de América escapan a la comprensión de muchos; es posible que el propio Colón evitara tal hecho agregando así a su vida un misterio más de los tanto que tuvo.

                                         IMAGEN DE CRISTÓBAL COLÓN EN MONEDAS CUBANAS.

 

 Por: Ramón Rodríguez Escandell

Fotos: Proporcionadas por el autor e Internet

 Al amanecer del martes 15 de enero de 1796, miles de habaneros llenaban todos los espacios posibles entre el Muelle de Caballería y la Plaza de Armas, en la mayor concentración vista hasta ese momento en la Villa de San Cristó­bal. Esperaban el buque San Lorenzo, procedente de Santo Domingo, que cumpliendo la última voluntad del almirante Cristóbal Colón traería sus restos a tierra firme.

La caja fúnebre fue llevada hacia el obelisco junto a la legendaria ceiba del Templete, en la Plaza de Armas. Se colocó sobre una mesa cubierta de terciopelo negro y rodeada de 36 cirios encendidos. En presencia del Capitán General español se procedió a su apertura, para dejar ver fragmen­tos de huesos, cenizas y polvo. Tras las primeras honras partió el cortejo hacia la Catedral, precedido por cua­tro cañones de campaña y 16 mulas negras, y la caja fue colocada en una de las columnas del altar mayor.

El traslado a Cuba de los restos de Cristóbal Colón fue resultado de la cesión a Francia de la parte española de la isla de Santo Domingo, acor­dada en el Tratado de Basilea, donde también se decide solicitar al Capitán General de nuestro país “la traslación de las cenizas de este héroe a la Isla de Cuba, que también descubrió”.

La iglesia seleccionada para conser­var la reliquia no pudo ser otra que la Catedral de La Habana, donde estuvieron hasta el 12 de diciembre de 1898, año en que se produce la intervención norteamericana. Se dijo entonces que por esa razón los res­tos habían sido trasladados a Sevilla, España, pero innumerables mono­grafías e investigaciones posteriores afirman que reposan en la ciudad pri­mada de Santo Domingo.

En 1854 el ayuntamiento habanero acordó erigir un monumento a Cristó­bal Colón en la parte central del Pala­cio de los Capitanes Generales. Seis años después fue traída desde Italia la estatua creada por el escultor ita­liano J. Cucchiari y finalmente resultó colocada en 1862. La efigie es de már­mol y se encuentra sobre un pedestal del mismo material, flanqueado por dos altas palmas reales y una sinuosa yagruma de elevada copa.

En Cuba, esta imagen fue reprodu­cida por primera vez en el papel moneda que circuló entre los años 1872 y 1883. Aparece en los bille­tes de cincuenta centavos y en los de uno y tres pesos. Por su antigüedad y poca cantidad de ejemplares exis­tentes, son muy apreciados entre los numismáticos del mundo.

En 1990, con motivo del V Centena­rio del Encuentro de Dos Mundos, la Empresa Cubana de Acuñaciones de La Habana emitió una serie de 10 mone­das de diez pesos plata y de un peso en cuproníquel, dedicadas a la figura de Cristóbal Colón.

El barco de vela

Por Ramón Rodríguez Escandell

La invención de la vela mejoró notablemente la maniobrabilidad de los barcos y su posibilidad de cubrir grandes distancias. No obstante, el primer velamen se componía de una vela de cruz que solo podía utilizarse con viento en popa. Habría de transcurrir un largo plazo para que el hombre inventara las velas que le permitirían navegar contra el viento.

La vela latina y la vela cangreja significaron el comienzo de una nueva tendencia: en lugar de una vela incómoda, se colocaban varias menores pero más cómodas para la navegación.

A propósito, ¿quién inventó la vela? En la literatura antigua se relata que habían sido algunos mercaderes fenicios o egipcios. Lo cierto es que tales mercaderes pensaron colocar algo semejante a una gran sábana en el mástil de su nave, la cual, con ayuda del viento, surcaba velozmente el océano.

No hicieron mucho uso de la vela ni los bizantinos, sucesores directos de los romanos en el dominio naval, ni en un principio los normandos en sus naves de guerra, las cuales estaban dotadas de gran velocidad y agilidad de movimiento, lo cual era posible usando remos. Más tarde, las naves de los vikingos poseyeron aparejos con velas que facilitaban las maniobras.

A las naves de velas debemos los más importantes descubrimientos geográficos, entre estos es obligado destacar las hazañas de Cristóbal Colon, tema que trataremos en otra ocasión.

En la numismática universal, la temática marina es una de las preferidas por los coleccionistas de este apasionante entretenimiento. Los billetes y monedas que ilustran este trabajo son una muestra de ello.

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