Del casi pacifico asalto de Drake sobre Cartagena de Indias

Por: Francisco Mota

Cuando la piratería y el corso inglés sustituyen al francés, el nombre que señorea en el Caribe es el de Francis Drake. Durante casi un tercio del siglo XVI este marino se hará temer por el Caribe y las Antillas.

Al llegar a las aguas caribeñas tiene casi treinta años, fogueado en cien combates, ducho en las artes de navegar y habilidoso estratega en mar y tierra.

De 1577 a 1580 da la vuelta al mundo, creándose el mayor prestigio de navegante entre los de su siglo.  La gloria alcanzada le permite que la propia Reina  Isabel de  Inglaterra le organice una fuerte expedición.

En septiembre  de  1585 zarpó Drake del puerto de Plymouth. Sus huestes contaban con unos treinta y cinco  grandes navíos, unas veinte naves de menor tonelaje y más o  menos siete mil hombres. El pilotaje  náutico  se echó sobre los hombros de Martín  Frebisher, el mejor  navegante de la  Inglaterra de entonces.

Cartagena se puso a su vista en febrero de 1586. Los avisos españoles habían dado alarma desde dos días antes. Se pudieron tomar  algunas medidas en la fortificación.

Drake, cuando llegó la noche hizo desembarcar un millar de hombres en la península de Bocagrande -o del Judío-, y desde allí, tras vencer una escasa resistencia de los defensores, se dirigieron por las playas hacia la plaza fuerte de Cartagena.

La escasa resistencia propició que la ciudad quedara en manos de Drake y sus hombres. El capitán Mexía de Mirabal, encerrado  en el fuerte de El Boquerón, resistió hasta que el gobernador dio la orden de retirarse. Otro tanto se vio obligado a hacer el capitán Martín Polo, que había logrado resistir el ataque de los ingleses durante cuarenta y ocho horas, atrincherado  en el fortín llamado del Teñidero.

El gobernador, Fernández de Bustos, en unión del obispo Juan de  Montalvo, se había refugiado en el puerto de Turbaco.  Drake, después de tomar posesión de la ciudad abandonada, reabastecer y reparar algunas de sus naves y preparar las defensas por si se ofrecía alguna contingencia, empezó a actuar como pirata.

Como lo importante era el rescate, eligió a un par de hombres y, con bandera de paz, los envió al poblado de Turbaco para que entrasen en negociaciones con las autoridades, tanto militares como civiles y eclesiásticas. Que a todos iba a exigir tributo…

Tanto los españoles como los piratas trataban de engañarse mutuamente y salir del paso lo mejor posible: los hispanos, entregando la menor cantidad de oro posible; los británicos, obteniendo  la mayor cantidad de botín que se pudiera lograr.

Hasta  los primeros días de abril duró  la ocupación de Cartagena de 1ndias. El tira y afloja fue diario. En un principio se hubiese conformado Drake con un rescate de 107 mil ducados de oro. Pero los españoles tuvieron mala suerte: registrando una gaveta de las que abandonó el gobernador, Drake encontró  una comunicación del rey de España en la que se le llamaba “pirata”.

Molesto, se prometió tomar venganza contra los españoles. Exigió más dinero. Entonces pegó unos cuantos disparos de cañón y logró asustar a clérigos y burgueses. Temerosos de que los males fuesen mayores, acabaron pagando nada menos que  ¡470 mil pesos en oro!  Una enorme fortuna para aquellos tiempos.

Hasta el día 11 de abril no zarparon  los barcos de Drake. En sus bodegas llevaban un fuer te tesoro, ya que, además del casi medio millón de pesos oro a que montó el rescate, habían acumulado  un enorme  botín de todo  tipo, resultado de un rapiñeo de dos meses sobre la ciudad y sus alrededores.

Se cuenta, que, aún después del arreglo, la escuadra de Drake decidió volver rumbo hacia el litoral abandonado. Se trataba de que, a pesar de las semanas transcurridas, los tripulantes de las naves no habían tenido tiempo para carenar sus respectivas embarcaciones como era debido, pensando en la larga navegación que les esperaba, y decidieron anclar de nuevo hasta llevar a cabo estas indispensables faenas. Pese a lo temido, aquella segunda estancia resultó pacífica, y Drake partió de Cartagena de Indias el 24 de abril… por última vez y para siempre.

 

Piet Heyn, Matanzas y la Flota de la Plata.

C.M.M Augusto C. del Pino Chen

 Uno de los hechos históricos más significativos, ocurridos en la bahía de Matanzas, fue la captura de la Flota española de la Plata, en septiembre de 1628. Para esa fecha hacía ya 60 años que las Provincias Unidas de los Países Bajos luchaban por independizarse del dominio del imperio español. Como parte del conflicto corsarios holandeses comenzaron a incursionar sobre las posesiones hispanas y las rutas del mar Caribe.

En mayo de 1628 una escuadra holandesa comandada por Piet Heyn, zarpó de Texel, hacia las aguas del Caribe, con la misión de apoderarse de la Flota de la Plata. Los malandrines tenían conocimiento exacto de varios detalles. Esta información le fue entregada a Heyn antes de hacerse a la mar.

Pieter Pieterszoon Heyn (Piet Heyn) nació́ en un hogar humilde en Delft, cerca de Rotterdam el 25 de noviembre de 1577. Comenzó como grumete en un buque mercante alrededor de 1593. En 1607 viajó a las Indias Orientales y en 1611 era capitán. Participó en actividades de corso; fue hecho prisionero por los españoles y condenado a remar en galeras, tiempo en el que aprendió́ el idioma y las costumbres hispanas.

En 1623 entró al servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales participando en diversas acciones navales. Es ascendido a vicealmirante en 1623. Cuatro años después apresó, en Bahíá de Todos los Santos, Brasil, una flota portuguesa cargada de azúcar y tabaco. En 1628 fue promovido a almirante.

La Flota de la Nueva España (México), en 1628, estaba al mando del General Don Juan de Benavides y Bazán y del almirante Don Juan de Leoz, la misma se hizo a la mar, después de varios contratiempos, en Veracruz el 8 de agosto y la formaban cuatro galeones, el Santa Ana María, el San Juan, el Santa Gertrudis y el Antigua, acompañados por 11 naos mercantes; todas ellas montaban un total de 223 cañones. Durante el viaje se tomaron las medidas de vigilancia y protección que correspondían.

 

Conociendo el modus operandi hispano, Heyn situó sus buques en varias líneas de combate por La Habana, Cabo de San Antonio y las islas Tortugas. De igual forma organizó un sistema de exploración que le permitió conocer la situación.

Para evitar ser detectados, ordenó alejar sus líneas de Cuba, e hizo avanzar hacia está a los pataches, embarcaciones de menores dimensiones, que cumplían tareas de información y comunicaciones. Como parte de esas actividades, un navíó holandés logró introducirse entre los buques de la Flota de la Plata, durante una noche.

Las acciones tomadas por los bandidos pronto dieron sus frutos y dos galeones ibéricos procedentes de Honduras fueron atacados. Uno fue capturado y el otro logró embarrancar a la entrada del puerto de La Habana. El 8 de septiembre al ser avistada la escuadra holandesa, entre La Habana y Matanzas, los peninsulares emprendieron la fuga siendo perseguidos de cerca. Al anochecer de ese día los buques coloniales se vieron obligados a refugiarse en la bahía de Matanzas.

El jefe de la Flota de la Plata, Benavides, cometió enormes errores tácticos y de dirección, además de falta de decisión y combatividad. No realizo actividad defensiva, ni resistencia alguna y abandonando las naves, desembarcó en la costa habiendo dado la orden de quemar los buques.

Su actuación provocó tal estado de desmoralización entre sus tripulantes, que permitió́ a sus contrarios, al día siguiente, apoderarse de todos los barcos con muy poca resistencia; los apresados a bordo de las naves fueron enviados a tierra con víveres para varias jornadas, los suficientes para subsistir hasta la llegada de ayuda desde La Habana.

Durante ocho días los bandidos permanecieron en Matanzas; en ese tiempo transfirieron el oro y la plata a sus embarcaciones. El 17 de septiembre la unidad holandesa se hizo al mar conduciendo cuatro galeones y cuatro naos capturadas; el resto de las apresadas, después de ser desvalijadas, fueron quemadas.

El 26 de septiembre Heyn envió dos embarcaciones ligeras con la noticia de su victoria las que arribaron a Holanda en noviembre. Al conocer la noticia los holandeses enviaron un escuadrón para escoltar el convoy de Heyn durante su tránsito por el canal de la Mancha.

Cuando la flota arribó a los Países fue recibida con una tumultuosa bienvenida. Piet Heyn fue aclamado como héroe nacional y en su honor se compusieron poemas y canciones, se emitieron medallas conmemorativas y se publicaron numerosos impresos resaltando la captura de la flotilla en Matanzas.

 El botín comprendía toneladas de oro y plata, en la actualidad a más de 150 millones de dólares estadounidenses. Al llegar el aviso de aquel desastre a la corte española, causó una profunda impresión. Por primera vez una flota entera y sus tesoros se habían perdido y se consideró́ como un grave insulto a la corona.

Cuando Juan Benavides y el almirante Leoz llegaron a España fueron arrestados, internados en el castillo de Carmona e incomunicados. Benavides fue acusado de graves faltas. A Leoz se le imputaron cargos por no cumplir con su deber. Después de un largo proceso Benavides fue condenado a muerte y ejecutado en la plaza pública de Sevilla, el 18 de mayo de 1634. El almirante Juan de Leoz fue deportado al África donde murió́.

Piet Heyn logro hacer realidad el sueño de los enemigos de Castilla en el siglo XVII. Posterior a este hecho fue nombrado almirante general de Holanda, emprendió́ la reorganización de las fuerzas navales de los Países Bajos. Murió́ el 18 de junio de 1629 en un combate naval en el Canal de la Mancha, combatiendo en Dunkerke. Fue sepultado en la iglesia mayor de su ciudad natal, en su lápida puede leerse “Él se levantó́ del humilde origen de sus padres gracias a su coraje y a la fuerza de sus acciones”. En 1870 le fue erigido un monumento en Delft en cuya tarja dice “La plata y el oro se rindieron a su coraje”.

Piratería

  Los aros de los piratas

                                                                                   
Por Miguel Santoris

Algunos historiadores aluden al corsario inglés Francis Drake como el primero en colocarse uno de oro en 1578, tras cruzar el peligroso cabo de Hornos, al extremo sur de Chile. Allí se podía hallar todo tipo de riesgos para la navegación que la hacían dificilísima, incluso para los más expertos. Los naufragios eran constantes y por ello atravesarlo se convirtió en un símbolo de maestría.

Todo aquel que lo lograba se jactaba de ello y como recordatorio de aquella osadía se colgaban un aro en la orejas; los más pudientes, incluso de oro. Luego se amplió esta moda a otras rutas tan peligrosas como la del Cabo de los Hornos; Cabo de Buena Esperanza, al sur de África; y la de York, en Oceanía.

Este hábito se fue extendiendo con rapidez como alegoría al valor y la temeridad, y fue adoptado por muchos piratas que asolaron las costas del Caribe durante siglos. La colocación obedecía a cierto orden: uno en la oreja izquierda por pasar el Cabo de Hornos; uno en la derecha, Cabo de Buena Esperanza; dos aros en la izquierda y uno en la derecha por dar una vuelta al mundo.

Si bien esta hipótesis inicial es la más conocida, hay otras que dicen que su uso se vinculaba a una antigua costumbre. Según esta, el que descubriese en el mar el cadáver de alguien que los llevara podía quedárselos si procedía a sepultarlo cristianamente, pues de no cumplir este término sería intimidado por el espíritu del mismo.

También se cree que el número de argollas podría simbolizar la cifra de cadáveres encontrados, pero también hay quienes lo asocian a un acto de hechicería entre los piratas, que se colocaban los pendientes de oro porque creían era un metal protector. Otras versiones aseguran que a los piratas jóvenes se les ofrecía un pequeño pendiente para conmemorar su primer cruce del Ecuador. Los hubo incluso que grabaron el nombre de su puerto de origen en el interior de la prenda para en caso de muerte su cuerpo pudiera ser identificado y fuese devuelto a sus familiares.

Esta costumbre fue variando con el tiempo y hoy no es exclusivo solo de las orejas, pues constituye un elemento decorativo, tanto de hombres como de mujeres, en otras partes del cuerpo. Ahora se le conoce como piercing, y evidentemente no se tiene en cuenta la antigua tradición marinera que le dio origen.

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