ALAMEDA DE PAULA, MALECÓN COLONIAL

Por: Guiomar Venegas Delgado

El malecón habanero resulta visita obligada para capitalinos y foráneos. Es un sitio acogedor donde baten las olas y se disfruta de la brisa que refresca el ambiente. Los primeros pobladores encontraban un refugio seguro en las márgenes de la bahía, y aunque en los tiempos funda­cionales esta era una ensenada llena de basura y malos olores, muchos se llegaban hasta allí para calmar el intenso calor.

Con la expansión y el enriqueci­miento de la ciudad, las autoridades coloniales decidieron implementar reformas urbanísticas que mejora­ran su apariencia. Por eso, en 1777 el capitán general Felipe de Fondes­viela encomendó la construcción de una alameda al arquitecto y coronel de ingenieros Antonio Fernández Tre­vejo y Zaldívar.

El paseo comenzaba en Luz y Oficios. Consistía en una explanada con dos hileras de álamos y algunos bancos. Recibió el nombre de la iglesia y el hospital de San Francisco de Paula, punto donde terminaba. Alrededor de 1840, el pintor y dibujante fran­cés Federico Mialhe la recreó en su álbum Paseo pintoresco por la Isla de Cuba, con la finalidad de atraer a visitantes extranjeros.

Años después el capitán general Leopoldo O’Donell decidió agregarle un fuerte balaustre, conocido como “Columna de O’Donell”, en homenaje a la marina hispánica. Decoraban el paseo cuatro surtidores de agua con figura de león, además de algu­nos símbolos heráldicos y banderas; según la opinión de muchos, repre­sentaba de forma pomposa la preten­sión del gobernador de perpetuarse en la historia de la villa.

Como continuidad a la alameda se planeó la obra ingeniera del male­cón, llamada inicialmente Alameda del Golfo, y que había sido concebida desde 1819. En aquel primer pro­yecto intervino el famoso ingeniero Francisco de Albear, pero las autori­dades coloniales no se atrevieron a emprenderlo por el costoso presu­puesto que requería. Fue en 1901, en plena intervención norteamericana, cuando comenzó realmente, esta vez desde El Castillo de la Punta hacia el este. La construcción se prolongó durante varios gobiernos, razón por la cual la Alameda de Paula conservó su protagonismo por muchos años, dando acogida a los citadinos que se refugiaban bajo sus frondosos álamos.

Como el resto de la ciudad, la Alameda tuvo varias transformaciones y remo­delaciones en la época republicana. Sus muelles debieron adecuarse a nue­vas condiciones náuticas y lo mismo sucedió con sus almacenes, bancos y glorietas. Como vía de comunicación terrestre fue aprovechada al máximo, y gracias a eso se decidió llevar hasta ella el extenso malecón.

Los actuales proyectos de recupera­ción de la villa de San Cristóbal de La Habana incluyen todo el espacio de la Alameda de Paula. Así, se con­cibe una edificación más moderna y confortable para el antiguo muelle de Luz, de donde zarpan las pintorescas lanchitas de Regla y Casablanca. Tam­bién se construye una plataforma o muelle flotante que unirá los antes llamados “almacenes de la madera y el tabaco” con la primera terminal de cruceros. Y la edificación de la Real Aduana se reconvertirá en un hotel, cuya planta baja se usará como espa­cio público y parqueo, tan convenien­tes en la actualidad.

Al celebrarse los primeros 500 años de nuestra entrañable capital, la Alameda de Paula continúa siendo un hermoso paseo público que da la bienvenida a los visitantes, con la misma elegancia de sus primeros tiempos y el esplen­dor de la modernidad.

                                                                         Un tema revelador (historia edición 355)

Título: Tañidos en la mar

Desde lejanos tiempos, el llamado de las campanas se vincula al que hacer marítimo

Por Luis Úbeda         Fotos de Internet

¿Cuándo se escuchó por vez primera el tañido de una campana en la mar? Difícil es dar una respuesta categórica, pues este hecho que a primera vista puede parecer insignificante se pierde en las simas del tiempo.

Por ejemplo, el comandante Campbell en su obra Costumbres Navales, lo sitúa en el siglo XIII; sin embargo, las Leyes de Partida de Alfonso X, el Sabio, que sí vivió por aquel entonces, no lo menciona al referirse a los navíos de guerra o mercantes, pese a que en uno de los capítulos de su libro realiza una minuciosa relación de útiles y enseres imprescindibles antes de emprender una travesía, que van desde las velas y entena (palo encorvado y largo que hacía el oficio de verga) hasta las anclas y remos. 

En el siglo XV un viajero de apellido Faber, en tránsito por mar a la Tierra Santa, refiere que a la caída de la tarde se cantaba el Ave María “después del toque de trompetas con que se anunciaba el curfew, orden que disponía apagar los fuegos para evitar incendios…” Y Elliot Morrison, en Vida de Cristóbal Colón, declara no hallar ninguna referencia a campanas en los Diarios de Navegación de La Pinta, La Niña y la Santa María, como tampoco las menciona Eugenio de Salazar al dar fe de su travesía entre España y La Española en 1573.

En la Máquina del Tiempo

… Una va pasa y en dos muele.

   Más molerá si mi Dios querrá.

  Cuenta y pasa que bien viaje faza…

Si abordáramos una Máquina del Tiempo con efecto retroactivo, escucharíamos al paje de guardia entonar la citada estrofa. Ello obedecía a que desde tiempos inmemoriales, las horas por las que se regía el buque, los cambios de guardia, comidas, etc., eran señaladas mediante las vueltas que se daba a una ampolleta o reloj de arena. Dicho artefacto se situaba próximo al timón, y correspondía al paje de guardia (también conocido por paje de escoba), entonar ciertas letanías cada media hora, lapso intermedio entre las múltiples tareas de a bordo que debía ejecutar la marinería.

En Colección de Documentos Inéditos de Indias, de Torres Mendoza, aparece la primera referencia seria al uso de campanas a bordo de las embarcaciones.

Un Decreto Real de 1552, obliga a llevar capellanes en los buques. Parece que se debe a estos la incorporación de campanas con el fin de efectuar cabalmente el ritual litúrgico. Es muy posible que, a partir de entonces, tanto los rezos y pregones, o bien el cotidiano acto del curfew, sean anunciados por la cantarina voz metálica.

Tal costumbre no fue privativa de los países católicos, pues la Reforma no intentó cambiar esta costumbre ya en boga. Mas la arqueología subacuática no ha podido brindar mucha luz al respecto, salvo el hallazgo de dos campanas fabricadas en el siglo XVII, que, por demás, no se diferenciaban en nada de sus hermanas situadas en iglesias y oratorios privados.

Una de ellas fue rescatada por la Empresa Majon, proveniente de un pecio de 1702 en la bahía de Vigo, y la otra por Kip Wagner entre los restos de un galeón hundido en las costas de la Florida en 1715. El hecho de haber pertenecido ambas a buques de la Carrera de Indias permite colegir, mientras posteriores hallazgos no demuestren lo contrario, que fueron navíos españoles los primeros en portar campanas a bordo.

La tesis se robustece con otro detalle: al reflotar el 24 de abril de 1961 los restos del galeón sueco Vasa —que naufragara en la bahía de Estocolmo apenas iniciado su viaje inaugural, el 10 de agosto de 1628—, no se encontró ninguna campana entre los más de 20 000 objetos extraídos. Otro buque con historia, el Mayflower, en el que un grupo de protestantes ingleses viajara al Nuevo Mundo para fundar a los Estados Unidos de Norteamérica, tampoco portaba campana.

La primera referencia hallada sobre campanas fundidas para uso de embarcaciones la encontramos en el Saint-Geran, famoso porque en su naufragio —ocurrido el 17 de agosto de 1744— el escritor Bernardin de Saint-Pierre hace morir a su heroína de la novela Pablo y Virginia. Un pescador submarino, Benjamín Ramhul, la halló en la barrera coralina cercana a la isla Mauricio, con un peso de 150 libras.

En Cuba también se encontró una campana hace algunos años, de fabricación francesa. Fue en Surgidero de Guarda la Vaca, costa norte oriental del país; su peso aproximado era de 50 libras y tenía impreso en el frente, a relieve, una cruz sobre tres escalones entre las letras P-A y, en la parte opuesta, también a relieve, tres flores de lis sobre la fecha 1734.

Campanas famosas

Puede afirmarse que, entre las campanas de barcos rescatadas, la de la fragata Lutine es la más famosa. Luego de naufragar la noche del 9 al 10 de octubre de 1799 mientras transportaba un enorme cargamento de lingotes de oro, no es hasta 1859 que la compañía de aseguradores marítimos inglesa Lloyd, logra reflotarla. A partir de ese instante, su función fue la de convocar a los miembros de la firma para sus periódicas reuniones, o bien anunciar noticias relacionadas con el tráfico y la construcción marítimas.

En 1938 la campana del Lutine sonó para anunciar al mundo que, al cabo de 139 años de su naufragio, la firma Lloyd había rescatado la primera barra de oro proveniente del pecio. A partir de ese minuto estelar, la campana del Lutine se escuchó, por ejemplo, a raíz de los hundimientos de los acorazados Hood y Bismarck durante la Segunda Guerra Mundial, la llegada al puerto de Fayal del vapor Bestik, dado por perdido varios años antes, o bien cuando en 1957 se conoció la pérdida del legendario velero Pamir en el Cabo de Hornos.

Hoy día algunos museos marinos atesoran campanas del más rancio abolengo. Entre ellas figura en lugar cimero la del Victory, buque insignia de Horacio Nelson, mutilada por una bala en la célebre batalla de Trafalgar que también costara la vida al insigne almirante inglés; en Boston se halla la de la fragata Constitution, famosa en la historia naval de ese país. Noruega conserva la campana de la legendaria Fram, que tantas veces surcara las inhóspitas praderas marinas de los Polos Norte y Sur llevando a bordo a intrépidos investigadores como Nansen, Sverdrup o Amundsen. Y de la gloriosa época de los clíper de la marina mercante inglesa, el Museo de la Carrera del Té conserva la del Cutty Sark, situada en su emplazamiento original, o sea, delante de la bitácora y frente al timón en su soporte primitivo, formado por una lira de bronce.

Justo es concluir este recorrido por las campanas marinas, con las palabras de quien fuera un notable investigador y colaborador de Mar y Pesca, Francisco Pérez de la Riva:

¡Campanas! Pequeñas y grandes campanas de barcos mercantes o de guerra, compañeras de guardias solitarias que sonasteis angustiosas en la niebla; campanas alegres en los puertos de arribada, solitarias campanas de barcos perdidos que os mostráis en astilleros, cuarteles y museos. Nostálgicas campanas que, cubiertas de coral o hundidas en la arena, permanecéis en el fondo de los mares. Donde quiera que estéis. Vosotras habéis sido el alma de los barcos, trabajo y descanso, medida del tiempo y llamada al deber.         

PIE DE FOTOS:

1.-  La campana de la fragata Lutine permanece en la compañía de aseguradores marítimos Lloyd, de Londres. (1)

en_USEnglish