El mar en la poesía

                                                                                   La mar ciñe en su regazo a la noche

Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864 – Salamanca, 1936). Escritor, poeta y filósofo español, principal exponente de la Generación del 98. Entre 1880 y 1884 estudió filosofía y letras en la universidad de Madrid. Se doctoró con la tesis Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca, y poco después accedió a la cátedra de Lengua y literatura griega en la Casa de Altos Estudios de Salamanca, en la que desde 1901 fue rector y catedrático de Historia de la lengua castellana. Sus angustias personales y su idea básica de entender al hombre como “ente de carne y hueso”, y la vida como un fin en sí mismo, se proyectaron en obras como En torno al casticismo (1895), Mi religión y otros ensayos (1910), Soliloquios y conversaciones (1911) o Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913).

Sus poemas y obras teatrales abordaron los mismos temas de su narrativa: los dramas íntimos, amorosos, religiosos y políticos a través de personajes conflictivos y sensibles ante las formas evidentes de la realidad. Su vida y obra estuvieron estrechamente relacionadas, de ahí las contradicciones y paradojas de quien Antonio Machado calificó de “donquijotesco”.

Fue considerado el escritor más culto de su generación. En 1962 se publicaron Obras Completas y en 1994 se dio a conocer la novela inédita Nuevo mundo.

La mar ciñe a la noche en su regazo

y la noche a la mar; la luna, ausente;

se besan en los ojos y en la frente;

los besos dejan misterioso trazo.

Derrítanse después en un abrazo,

tiritan las estrellas con ardiente

pasión de mero amor, y el alma siente

que noche y mar se enredan en su lazo.

Y se baña en la oscura lejanía

de su germen eterno, de su origen,

cuando con ella Dios amanecía,

y aunque los necios sabios leyes fijen,

ve la piedad del alma la anarquía

y que leyes no son las que nos rigen.

Horas serenas del ocaso breve,

cuando la mar se abraza con el cielo

y se despierta el inmortal anhelo

que al fundirse la lumbre, lumbre bebe.

Copos perdidos de encendida nieve,

las estrellas se posan en el suelo

de la noche celeste, y su consuelo

nos dan piadosas con su brillo leve.

Como en concha sutil perla perdida,

lágrima de las olas gemebundas,

entre el cielo y la mar sobrecogida

el alma cuaja luces moribundas

y recoge en el lecho de su vida

el pozo de sus penas más profundas.

 

Miguel de Unamuno

 

 

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