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Por la cultura del mar

PERSONALIDADES

"EL CAPITÁN MÁS BRAVO DEL REY CATÓLICO"

Por: Rodolfo Peña Mora

Desde las atalayas de la rada habanera se avistó, el 6 de junio de 1762, una gran flota inglesa, formada por más de 50 navíos de línea y casi 200 de transporte. Comandada por Sir George Pocock  y por George Keppel, las huestes de ambos sumaban unos 8 mil marinos, 12 mil militares y unos dos mil esclavos  antillanos traídos para menesteres de servicio y apoyo.
Las autoridades españolas se asombraron al principio, con la presencia de tal escuadra. El gobernador Prado Portocarrero mandó cerrar la boca del puerto con cadenas y también hundir tres buques para obstruir así la entrada del enemigo; igualmente se dispuso fortificar las alturas de la Cabaña (aún no existía la fortaleza), concentrar  tropas en Cojímar y movilizar a las milicias de pardos y morenos, así como a otras tropas irregulares de campesinos del interior de la Isla.      

Los británicos amenazaron con desembarcar por el oeste, pero en gran número lo hicieron por Cojímar y Bacuranao, el día 7 sus tropas habían arrollado a las del coronel Caro, las del valiente alcalde guanabacoense “Pepe” Antonio Gómez, jefe de las milicias de guajiros, dirigieron su ofensiva hacia el Morro desde el 1º de julio.

Al mando de ese castillo estaba el santanderino Luis Vicente Velasco e Isla, capitán del Navío Reina anclado en el puerto. Este cincuentón enérgico había dispuesto cerrar el acceso principal del fuerte, dejando sin comunicación la plaza que solo se tenía acceso por vía marítima, lo cual se lograba mediante pescantes de botes afirmados al muro por el lado de la bahía.

El día 11 los invasores ocupaban La Cabaña; pero bajo la guía de Velasco, logró acallarse el fuego de cuatro navíos que hostilizaban el Morro por el mar. Era la artillería británica seis veces superior a la de 1a defensa. Don Luis, apenas sin dormir ni asearse en 37 días, insuflaba su espíritu combativo a todo su mando. Se retiró de la lucha al sufrir una fuerte contusión el día 15, pero el día 24 volvía a su puesto ante un aumento del ataque inglés, que había logrado minar el fuerte bajo tierra en dos puntos diversos. El capitán, apercibido de la maniobra, consultó a la Junta si debía resistir y esperar la voladura o evacuar antes el castillo, pero la respuesta fue tan vaga que decidió afrontar lo peor en su sitio de combate.

El 30 de julio, los ingleses hicieron estallar las dos minas, y su infantería consiguió escalar por sobre las ruinas de los muros. Velasco, dando órdenes y espada en mano, enfrentó a los británicos en los baluartes y pronto cayó herido, no sin pedir a su segundo el marqués González defender la bandera. Así trató González de hacerlo, mas no tardó en caer muerto junto a siete oficiales más. Al fin los sobrevivientes tuvieron que rendirse.

Se cuenta que Keppel, al penetrar en el Morro, acudió a la sala de armas donde asistían a Velasco,  abrazándolo, le dio a escoger entre ir a curarse a la plaza o ser atendido a bordo por los mejores cirujanos de su flota. El capitán hispano optó por lo primero, a las 6:00 pm de aquel mismo día se hizo una tregua en el combate, mientras una embarcación conducía a la plaza a Velasco y a su sargento mayor Montes, también lesionado. Las heridas de ambos no eran mortales según el pronóstico. Velasco, tras ser operado para extraerle la bala, le sobrevino el tétanos y murió. Al conocer su deceso, tanto los atacantes como los defensores suspendieron el fuego, tributándole así el postrer homenaje al bravo marino.

Dícese también que Albemarle, al rendir cuenta a su Gobierno de la toma de La Habana, se refirió a don Luis de Velasco llamándolo “el capitán más bravo del Rey Católico”.

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