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PONTE DONDE EL CAPITAN TE VEA

ADIÓS A LAS GRANDES REDES

Por: P. Borpel

Había enrumbado mi vida fuera de la Flota Cubana de Pesca, pero muy al tanto de cómo iban des­apareciendo los barcos a los que estuve ligado desde muy joven. Sin desdorar a quienes me prepararon para la vida en el ámbito académico, los años en aquellas construcciones flotantes fueron mis me­jores maestros.

Dos décadas después no se han borrado los recuerdos de esa época, la mejor de mi vida, y en la que muchos compañeros no pudieron estar presentes en importantes acontecimientos familiares como el nacimiento de un hijo o el adiós a un ser querido.

Con cierto pesar fui testigo de cómo algunos compañe­ros decidieron colocar sus charreteras en el cajón de los recuerdos y tomar otros caminos; también, de quie­nes empeñados a toda costa en seguir navegando enfren­taron grandes retos como lo fueron afrontar las nuevas exigencias para operar otros tipos de buques, así como abrirse camino y darse a co­nocer en un mundo muy di­ferente al que vivíamos en la Flota Cubana de Pesca.

Como entonces no tenía toda la información que hoy po­seo, consideré inexplicable el fin de la gran empresa trans­nacional y pensé incluso en la posibilidad de que existiera un culpable. El tiempo, como el mejor de los jueces me ha hecho reflexionar de forma diferente. También me han ayudado mi experiencia en otras tareas dentro del sector pesquero nacional, la posibilidad de acceder a todo tipo de información, y las ideas y apuntes personales que he conservado todos estos años.

En la primera edición de la revista Mar y Pesca, en octubre de 1956, fue publicado un informe del doctor D. B. Finn, director de la División Pesquera de la FAO, donde daba a conocer curiosos datos sobre las pesquerías mundiales y afirmaba que los océanos eran capaces de proveer a los humanos toda la proteína animal nece­saria. De igual forma insistía en prestar especial atención al manejo ordenado de los recursos pesqueros, algo que no sucedió y 40 años después la sobreex­plotación de tales recursos pasó factura.

Recuerdo los tiempos en que, a bordo de los barcos de la joven flota pesquera cubana llegábamos a diferentes zonas de pesca; allí nos encontrábamos miles de embarcaciones de muchos países que desde hacía décadas sacaban del mar todo lo que podían. Datos conservadores apuntan que en aquellos momentos ope­raban en el mundo más de un millón de buques que cada día extraían millones de toneladas de pescados y mariscos.

En ese tiempo veíamos con normalidad que miles de toneladas de ejemplares jó­venes o de especies sin valor comercial no fueran devueltos al mar, y no repará­bamos en el daño que ello ocasionaba a la estabilidad de la cadena alimentaria y de la ecología en general.

Cada día eran más insistentes los recla­mos de la comunidad internacional por una pesca sostenible. Las miradas co­menzaron a fijarse en los grandes arras­treros, de los que Cuba tenía casi tres decenas. Se hablaba de incrementar los cultivos acuáticos y promover una cap­tura más responsable con barcos más pequeños, y artes y métodos de pesca más amigables con el medio ambiente.

Otro factor fue la extensión de las zonas marítimas económicas exclusivas, lo que dificultaba las pesquerías y las firmas de convenios. Cuando todo lo anterior sucedía, el más moderno de los barcos adquiridos por Cuba tenía 13 años de ex­plotación; en algunos de la misma serie comenzaban a aparecer ciertas averías, como rajaduras en los cascos, que reque­rían grandes inversiones.

La economía cubana enfrentaba una aguda depresión que obligó a promo­ver fuertes políticas de ajuste; no re­sultaba viable invertir en acondicionar o renovar barcos. Seguir pescando en las distantes zonas de pesca significaba un gasto diario de 12 y 50 toneladas de combustible por cada barco pesquero o transportador, respectivamente.

Muy criticada resultó la decisión de desactivar la flota oceánica. Décadas después vemos con claridad que en ese tiempo comenzaba el ocaso de las grandes flotas oceánicas en el mundo y que Cuba -inmersa en una difícil si­tuación económica totalmente ajena a la voluntad de los cubanos-, estuvo obligada a ser de los primeros países en deshacerse de sus barcos.

Quienes lograron enfrentar el cambio con nuevos buques, al final tampoco pu­dieron seguir operando con todas sus naves en las mismas zonas de pesca y obtener iguales niveles y estructuras de tallas en las capturas.

En el orden social, la industria pesquera cubana significó humanización de las con­diciones de vida y de trabajo de los pesca­dores, antes aislados y dispersos por toda nuestra geografía y a bordo de precarias embarcaciones. También significó nuevos y numerosos puestos de trabajo para mi­les de jóvenes procedentes de los más in­trincados lugares del país, que se convir­tieron en especialistas, técnicos y obreros calificados. Doce años después de 1958 la producción pesquera nacional creció más de 11 veces.

Quizás cuando dejaron de utilizarse las grandes redes algunos pensaron que las aguas que rodean a Cuba podrían garanti­zar ofertas estables de pescado. Eso nunca ha sido posible. En 1958, por ejemplo, se pescaron unas 15 mil toneladas pero se importaron otras 5 mil, principalmente desde la Florida y Bahamas.

Es cierto que antes de 1959 el pescado era una oferta estable en todos los puntos de venta del país, pero los mercados ofrecían otras fuentes de proteína animal y la población cubana de entonces era menos de la mitad que la actual.

Sería bueno si en el futuro la comunidad internacional pudiera, a través una pesca más responsable, mantener la salud y el equilibrio de los océanos, único medio capaz de proveer toda la proteína animal que necesitan los seres humanos.

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